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¿QUÉ CELEBRAMOS REALMENTE ESTE 25 DE AGOSTO? LA HISTORIA DE UNA TERGIVERSACIÓN

¿QUÉ CELEBRAMOS REALMENTE ESTE 25 DE AGOSTO? LA HISTORIA DE UNA TERGIVERSACIÓN

Historia de una tergiversación


¿Qué celebramos realmente este 25 de agosto? Uruguay "nace sin saberlo, sin quererlo, sin comprender su justificación histórica (...) nace de la desidia trasnochada de los traidores". Análisis por el semiólogo Washington Silveira.


Este 25 de agosto se cumplirá una nueva celebración del Día de la Independencia en nuestro país, una fecha cargada de controversia y de debate entre los historiadores. Guillermo Vázquez Franco, por ejemplo, consideró en declaraciones a este portal que celebrar la independencia en esta fecha es una "fantochada" y que hacerlo "debería darnos vergüenza".

El nacimiento de nuestra identidad es un tema sensible, en vistas de nuestro pasado como parte de las Provincias Unidas, los motivos por los que luchó José Artigas y la participación de las potencias extranjeras en la conformación del Uruguay como estado independiente.

El semiólogo Washington Silveira, que hiciera un detallado análisis de los candidatos de las últimas elecciones en el país, dedicó la siguiente columna a la independencia uruguaya, incluyendo los traumas históricos y las falacias perpetuadas para no dejar que sucumba nuestra "autoestima-país".

Uruguay, historia de una tergiversación

Los textos y los contextos contribuyen a desentrañar la significación más íntima y profunda de los momentos y procesos históricos. La genealogía de la identidad de una nación -por ejemplo- responde a múltiples discursos, algunos coyunturales o circunstanciales y otros deliberadamente provocados.

Cuando se me propuso que intentara un abordaje semiótico de nuestra historia sentí cierta incomodidad, pues desde que logré recorrer la naturaleza ontológica de la discursividad historiográfica, de las intenciones y de los encuentros y desencuentros conceptuales -que fueron perfilando nuestra nacionalidad- comprendí que el Uruguay es la historia de una tergiversación.

Artigas, el gran prócer, el pensador y articulador político de nuestra génesis histórica y de la reafirmación de nuestra identidad oriental, nunca proclamó otra realidad que la de una provincia autónoma, de organización republicana y liberal, integrada a las Provincias Unidas del Río de la Plata; a imagen y semejanza de la organización política inspirada en las ideas de Thomas Paine que sirvieran a la configuración de los Estados Unidos de América.

Desde el texto de las Instrucciones del Año XIII y el contexto de las valoraciones y acciones artiguistas hasta llegar a la exégesis y el espíritu de la Declaratoria de la Independencia de 1825 (con Artigas ya emigrado) no hay otra cosa que la reafirmación de pertenencia a una comunidad cultural y territorial, representada en principio por la Liga Federal y que deviniera luego, fragmentariamente, en la Confederación Argentina.

Es en este marco que debemos significar los hechos y sobre todo la deconstrucción identitaria que supuso la Convención Preliminar de Paz de 1828, creándose un Estado a partir de una ficción jurídica que a decir del historiador Vázquez Franco "versa sobre cosa inexistente". A partir de esta Convención nacería el Uruguay, o también "Ponsombylandia", como le bautizara jocosa y tardíamente un muy reconocido profesor.

Ahora bien, desde el punto de vista -que podríamos llamar "psicoanalítico"- de la construcción de nuestra propia identidad, no debería ser tan risueño nacer a la vida estatal como el fruto de la intermediación (acaso imposición) de un plenipotenciario británico que buscara disolver los escollos que suponía una guerra desgastante, muy poco fecunda y en la que nada lograba definirse. Y mucho menos, si ello era a título de una "graciosa concesión" de las partes contratantes en la que los "heroicos orientales" no tuvieron casi nada para decir y sí bastante para aceptar. No olvidemos que, en este último sentido, hasta nuestra primera Constitución estaría sujeta a la aprobación de nuestros vecinos. Si así nació nuestra soberanía no es extraño que, como nación, tengamos algún "trauma de nacimiento".

De allí a los diferentes "mecanismos de defensa" que suelen encontrarse en el ser colectivo uruguayo, para verse justificado ante su pequeñez, sus limitaciones, sus miserias y su terrible y casi permanente necesidad de superarlas -al menos en un terreno simbólico- hay solo un tramo. La negación, el desplazamiento, la disociación y la proyección se encuentran entre los que más se pueden observar en nuestro ecosistema social. A ello se deberá agregar los "préstamos" psicológicos y culturales de las corrientes migratorias que -mas tarde en el proceso histórico- nos tuvieron por destino de sus huidas y esperanzas. ¡Un cóctel que aún no se termina de agitar!

Veamos algunos ejemplos de estos mecanismos. Para hablar de negación podríamos citar al historiador y profesor Alfredo Castellanos quien en una encendida defensa de lo logrado por "obra de los propios orientales" considera un "error y profunda injusticia de carácter histórico el hacer aparecer la independencia oriental como una concesión graciosa de las potencias signatarias de la Convención" (refiere a la Convención de Paz de 1828). Pero esta negación tiene la virtud de ser expresada con vivacidad y convencimiento, en tanto otras -como los viejos programas de enseñanza escolar- simplemente silenciaban los aspectos más sórdidos de nuestra historia y de nuestros "héroes". Otra forma, la proyección, hace que -aun en la actualidad- veamos a los argentinos, y particularmente a los bonaerenses, como portadores de los mas nauseabundos defectos que seamos capaces de imaginar, y que no son otros que los que nosotros hemos tenido, pero que, vistos en ellos, adquieren dimensiones que dejan al desnudo nuestro catártico resentimiento de hermano menor despechado por el abandono.

 Y de la proyección pasamos a la disociación, la cual quiere minimizar nuestras carencias e incluso excluirnos de todas las bajezas que les reconocemos a nuestros hermanos, a la vez que reclamamos americanismo e integración con la "Patria Grande". En realidad, si no fuera por el fútbol hoy no sabríamos muy bien quienes somos. No deja de llamar la atención que para proclamarnos "Campeones del mundo" debimos ganar dos "heroicas" finales a Argentina y a Brasil precisamente. ¿Casualidad? No. Un país de verdad necesita su narración épica y reafirmar su identidad en ella. ¡Gracias Maracaná! La sublimación alcanza aquí su máxima expresión.

Dejaré el desplazamiento y la condensación para que algún psicoanalista lacaniano, que guste coquetear con las explicaciones sociales, procure abordarlos desde los conocidos conceptos de metonimia y metáfora. El carácter primigeniamente onírico de estos mecanismos, que suponen poner el verdadero significado de una percepción en otra, o hacer de un signo polisémico un solo significado, es algo que bien merecería un capítulo exclusivo a la hora de ubicar nuestra identidad histórica.

Esta breve aproximación, que me he permitido realizar, a la naturaleza psicológica de nuestro ser vernáculo como colectividad, como país, como hijos huérfanos de su propia génesis histórica, me ayuda a comprender por qué los uruguayos son -de alguna manera- mucho menos nacionalistas que los argentinos o los brasileños. En cierto momento se dejó deslizar en mi imaginación el concepto -nada feliz para mi noción de patria- que Uruguay era la única provincia argentina con bandera e himno propios, o el único estado brasileño que hablaba castellano. Durante muchos años escuché decir a algunos compatriotas orientales de otras generaciones: "Que nos devuelvan lo que nos robaron". ¿Que nos robaron? Nosotros fuimos sustraídos de una comunidad mucho más amplia. Somos nosotros lo usurpado por el interés de la corona británica de su época. Y fuimos nosotros quienes tuvimos que nacer a la vida institucional sin saber muy bien cómo hacerlo. Nosotros debimos procesar la génesis de ser uruguayos en lugar de orientales. Y pese a todas las contradicciones y avatares de los primeros tiempos de la vida independiente -me refiero principalmente a las primeras cinco décadas- pudimos finalmente incorporarnos a la modernidad y aceptar la responsabilidad de ser "soberanos".

Atrás quedaban los discursos y las ideas que abrigaron Artigas, los Treinta y tres Orientales y la Declaratoria de la Independencia. Atrás -y en lo posible olvidadas- quedarían las gestiones de Lord Ponsomby y la ignominia de los renunciamientos al verdadero ser histórico.

No fueron las genuinas ideas de Artigas sobre la naturaleza política de la Provincia Oriental las que triunfaron. No fue recogida -ni mucho menos honrada- la ley de Unión de la Declaratoria de la Independencia que conmemoramos cada 25 de agosto.

Nada de lo que la historia nos señalaba fue recogido por la realidad de su devenir.

Todo ello me ha llevado pensar, no sin tristeza, no sin culpa, no sin ajena vergüenza, que el Uruguay carece del sentido fundacional que hace a una verdadera nación. Porque Uruguay no nace con Artigas ni con su ideario, no nace con la Declaración de Independencia, ni siquiera nace con su primera Constitución; nace sin saberlo, sin quererlo, sin comprender su justificación histórica, divorciado de su pasado aún antes de comprenderlo. Uruguay nace de una aberración, de la desidia trasnochada de los traidores que no supieron o no pudieron darle forma a la patria imaginada, nace de la especuladora visión de un embajador inglés y del cansancio de los guerreros que nos disputaban. Hijo ilegítimo de la historia, adoptado por los historiadores, hijo de la invención y la mentira... ¡pero parido al fin!
Por Washington Silveira Rodríguez

Washington Silveira Rodríguez nació en Montevideo en el año 1962. Cursó estudios universitarios de Derecho, Lingüística y Comunicación Social. Se ha especializado en Semiótica General y Aplicada y ha sido el único perito de Uruguay -en la especialidad de semiótica o semiología- reconocido y habilitado por la Suprema Corte de Justicia, desde la entrada en vigencia de la Acordada que reglamentó la ley por la que se establecen las condiciones del ejercicio de la profesión de perito.




Tomado de Montevideo Portal




Charrúas: la matanza del Salsipuedes




Charrúas: la matanza del Salsipuedes



A 184 años del día en que se masacra a centenares de Charrrúas Artiguistas. El 11 de abril de 1831, el presidente de la reciente nacida República Oriental del Uruguay, el traidor, genocida y líder del Partido Colorado de aquella época, Fructuoso Rivera, reúne a cientos de comunidades indígenas so pretexto de programar un frente de lucha contra los brasileros, confiados en la palabra, las tribus concurrieron a las riveras del Arroyo Salsipuedes y luego de ser agasajados con alimentos y beberaje, comienza la masacre y el genocidio de una de las comunidades aborígenes que más dieron de si para luchar en defensa de este suelo que hoy habitamos, muchos ellos guerreros del Gral. Artigas.
Hoy es un día de luto, de recuerdo y de reivindicación para quienes veneramos la memoria de nuestros pueblos ancestrales. ¡Basquadé Inchalá! (¡Levántate hermano!)



¿Qué pasó luego de la Matanza de Salsipuedes?

Con este triste suceso, Rivera quiso exterminar a los Charrúas. El ataque fue el 11 de abril de 1831 y fueron asesinados 40 indígenas y encarcelados 300. Luego, 4 de estos sobrevivientes fueron envíados a París para mostrarlos como animales de circo.

 12 de abril

imagen descriptiva del contenido
Senaqué, Tacuabé, Guyunusa y Vaimaca-Pirú fueron los últimos charrúas, los sobrevivientes. El 8 de junio de 1833 fueron examinados por primera vez por los miembros de la Academia de Ciencias Naturales Paris.

¿Te imaginas cómo se habrán sentido, lejos de su tierra, en un mundo para ellos diferente, observados por gente extraña que hablaba un idioma desconocido?

Los especialistas les medían el cráneo, estudiaban sus reflejos, observaban su sangre al microscopio y anotaban todo en gruesos cuadernos con tapas de hule.

Senaqué, el curandero del grupo, había enfermado durante el viaje y falleció poco después. Guyunusa, la mujer de Tacuabé, dio a luz una niña en la capital francesa y falleció al poco tiempo. Tacuabé, luego de un intento de fuga, logró finalmente escapar con su hija. Vaimaca-Pirú quedó solo. Poco antes de morir, fue adornado con lanza y boleadoras para ofrecer un espectáculo más atractivo a los hombres, mujeres y niños que concurrían para verlo. Sobre sus últimos días, expresa Hugo A. Licandro en su cuento “Vaimaca Pirú o la muerte por melancolía”:

Durante esos tres días Vaimaca se negó a comer; sólo aceptó sorbos de agua fresca; dos días después murió. Los médicos coincidieron en diagnosticar “muerte por melancolía” y todo parece indicar que así fue.

El monumento a los últimos charrúas, ubicado en el Prado de la ciudad de Montevideo, se inauguró en 1938. Sus autores fueron los uruguayos Edmundo Prati, Gervasio Furest Muñoz y Enrique Lussich.

Está realizado en bronce, sobre una base de granito rosado. En él se pueden ver representados a los cuatro indígenas con sus vestimentas características, rodeando un fogón. Senaqué, sentado, sostiene un mate en la mano derecha. El cacique Vaimaca se encuentra de pie, y más atrás puede verse a Guyunusa, con un niño en su falda. Delante de ella, en el otro extremo del grupo, está Tacuabé.

¿Cómo eran los Charrúas?

Según los relatos de los expedicionarios, eran de complexión física grande, algo superior a la media de los españoles.

Tenían un color de piel oscuro, pero no tanto como el de sus ojos, negros como la noche. Poseían una gran sensibilidad visual y auditiva.

Ataban sus largos y llovidos cabellos con una especie de cordel y agregaban plumas y vinchas.

Eran nómades, se organizaban en grupos y tenían un jefe o cacique que los dirigía en combate.

Vivían en tolderías, que construían con ramas de árboles y cuero de vaca. Se abrigaban también con cuero y andaban a caballo.

Caravana con los 154 niños hijos de exiliados que arribaron al país en 1983



niños

Un documental retrata la historia de los 154 niños exiliados que llegaron al país en 1983.
Una caravana multitudinaria se despliega a lo largo de la rambla. Un pueblo emocionado y cientos de niños que sonríen y saludan desde los ómnibus Leyland de la época. El motivo no era el acto del obelisco ni la proclama leída por Alberto Candeau. Tampoco la recordada Marcha del Estudiante o la celebración, después de tanto, del 1° de mayo, sino un vuelo de 154 niños hijos de exiliados que arribaban al país en medio del año 1983, instalando el desexilio en la agenda nacional e internacional.
Este hecho sin precedentes, que se llamó el “viaje de los niños”, se convirtió en un emblema: hoy volvían los hijos, pronto retornarían los padres. Pero aun así, con este cierre clave para un año fundamental en la lucha contra la dictadura militar, el hecho fue pasando a un segundo plano en la historia reciente, hasta tal punto que muchos de los que participaron en esa prolongada caravana (los ómnibus demoraron cuatro horas en llegar desde el aeropuerto a la sede de AEBU), hoy apenas lo recuerdan como una nebulosa fantasía. En 2013, cuando se cumplieron 30 años de aquel vuelo, tanto los medios de prensa como varios de los involucrados organizaron actividades que homenajearon aquella quijotesca cruzada.
Luego se sucedieron dos hechos significativos de manera paralela: por un lado, en diciembre se publicó el libro Los niños del reencuentro (de Isabel Collazo, María de los Ángeles Fein, Rosana Passeggi y Ana María Sosa), trabajo que reconstruye este hecho histórico mediante la memoria, y por otro, este mes de marzo la película Tus padres volverán, de Pablo Martínez Pessi, aguarda para circular por numerosos festivales internacionales: se exhibirá por primera vez el 4 y 10 de abril en el Festival Internacional de Cine de Cinemateca, dentro de la sección Derechos Humanos. El 13 se proyectará en Río de Janeiro y el 14 en San Pablo, dentro del Festival É tudo verdade. El viernes 17 del mismo mes se exhibirá en el Festival de Málaga, y si bien el estreno en Montevideo está previsto para julio, los días 24, 25 y 26 de abril se estrenará en la Cineteca de Madrid.

Candombe del recuerdo
“Tus padres volverán”. Ésa era la consigna que coreaba la multitud en medio de una de las tardes más calurosas del año, mientras de boca a boca comenzaba a circular una sola noticia: “reabrieron la 30”, en alusión a la clausura de la radio CX30 de José Germán Araújo. Y si bien la clausura se levantó unos días después, no faltaron los numerosos carteles que rezaban “Transmite CX 30”.
La película de Pablo Martínez Pessi se centra en seis de los 154 niños que volaron solos desde Europa a Uruguay para conocer a sus familiares o reencontrarse con ellos: Fernando de Meersman y Salvador Banchero residen actualmente en Uruguay, los demás volvieron a radicarse en el exterior: Cecilia Rodríguez (España), Marcos Medina (Bélgica), Jorge Garibaldi (Dinamarca) y Guzmán Tierno (Italia).
Cuando Martínez Pessi vio un informe de María Inés Obaldía al conmemorarse los 25 años del viaje, no podía creer que eso realmente hubiera sucedido. En 1983 el director vivía en Dolores y tenía sólo tres años, como varios de los niños que viajaron en aquel chárter proporcionado por el gobierno español.
En ese mismo momento comenzó a buscar información, y dos años después (2010) ya iniciaba una investigación junto al periodista Gabriel Farías, recabando los datos sobre el hecho concreto y la llegada de los niños a Uruguay.
En el proceso de gestación del viaje participó el dirigente sindical y militante socialista en el exilio Artigas Melgarejo, quien le propuso a Enrique Quico Mañero -secretario de la Juventud Socialista en España- organizar esta movilización. También el político uruguayo Víctor Vaillant, que luego de viajar a Europa para reunirse con las colectividades de exiliados uruguayos en varios países europeos, se encontró con Melgarejo en Madrid durante los primeros días de noviembre de 1983, cuando concibieron la idea de organizar un viaje a Uruguay que concentrara los hijos de los exiliados políticos. Pocos días después, de regreso en Montevideo, Vaillant escribió un editorial en el semanario Convicciónlanzando la idea. Sólo 24 horas después ya se creaba la Comisión del Reencuentro de los uruguayos, presidida por Vaillant, para organizar el viaje a nivel local. El 26 de diciembre, ante el desconcierto de la dictadura, un vuelo de Iberia llegaba a Montevideo con 154 niños, provocando una de las movilizaciones populares más importantes del año.
Cuando Martínez Pessi y Farías avanzaron en la investigación, se reunieron con algunos de los organizadores, como Melgarejo, Vaillant y Eduardo Lalo Fernández, “para tratar de armar la historia, ya que no estaba claro exactamente cómo había sucedido todo, en buena medida porque dependíamos del relato de cada uno de los protagonistas”, dijo a la diaria Martínez.
“Cuando veía esas imágenes en que la multitud se acercaba a los niños, me preguntaba cómo se sentiría un niño de tres años -que era la edad que yo tenía en 1983- viajando 11 horas. ¿Cómo estaba preparado? ¿Cuál era la historia que había detrás de cada uno?”, se pregunta el realizador.
Martínez recuerda que se han retratado y narrado historias sobre presos políticos, exiliados, militantes y desaparecidos, “relatos importantes para construir la memoria y la historia reciente del país”, pero se cuestiona qué sucedió con los niños: “¿Y la historia de esas personas que se vieron involucradas en la causa sin decidirlo? Esta historia de los otros no se ha contado”. Con respecto a esta perspectiva, el director sostiene que él podría haber decidido contar la historia del vuelo, del proceso para que se concretara, del diálogo con los militares para organizar el recorrido, o cómo lo ideó Melgarejo junto al grupo de exiliados y la colaboración española. En cambio, optó por tomar el hecho del viaje de los niños para hablar de la identidad, el exilio y la familia, tríada que definió como los tres ejes temáticos fundamentales de la película.


“Voy a contar la historia de cómo vivieron seis niños ese momento, y cómo el viaje influyó en el resto de sus vidas. Ellos comprendieron que eran hijos de exiliados políticos, y también por qué debieron irse sus padres”, sostiene. Consultado sobre cuándo asimilaron el exilio, Martínez no dudó en responder que los seis protagonistas lo asimilaron luego del viaje. “Porque ¿cómo interpretan y les llega el relato sobre el Uruguay de sus padres sin conocerlo? Es claro que para los más grandes fue distinto, ya que ellos sí sabían qué era Uruguay. Gabriel [Melgarejo, hijo de Artigas] ya entendía cuál era la lucha, qué eran los militares, la dictadura y la represión. Él lo comprendió y de alguna manera se acopló a esa lucha viviendo en Madrid. De hecho él era una de las personas que, en cada acto en el que participaron, tuvo un discurso para decir”.
El sorianense centró su interés en cómo vivieron estos niños la experiencia del viaje. Y si bien aclara que es una obviedad que los más grandes lo comprendían (el rango de edades iba de los tres a los 17 años), y para ellos sí se concretaba un reencuentro, para los más chicos era distinto, ya que considera que en estos casos, más que un encuentro se producía una suerte de primer acercamiento. “Partí desde este lugar para hablar sobre cómo ha sido la vida de estos niños luego del encuentro”, precisó.
La película también incluye imágenes de archivo y el testimonio de algunos organizadores. Pero el verdadero protagonismo recae en esas seis historias de vida. Tus padres volverán comienza a hablar de un supuesto viaje y una supuesta bienvenida ambientada en dictadura. El director adelanta que los espectadores irán -paulatinamente- construyendo la historia a partir del relato de esos niños. De este modo, los realizadores pensaron la película a partir de una estructura narrativa en la que, poco a poco, se devela toda la historia y su contexto: quiénes son los niños, de dónde vinieron, quiénes eran sus padres, qué significa el exilio para ellos hoy, cómo viven en sus países. “Claro que incluimos datos concretos de cómo fue la construcción del viaje, pero eso no se vuelve un tema protagónico.” Sobre esto, Martínez asegura que los seis testimonios representan lo que podrían haber sido las 154 experiencias: todos tienen historias de vida y puntos de vista diferentes, pero cree que ésta es la primera vez que se habla de los protagonistas del viaje.
Incluso, según cuenta Martínez, todos los personajes aceptaron participar en la película porque se iba a hablar de ellos mismos, porque interesaba suhistoria. Con respecto a esto, cuenta que después de participar en la película recibió muchos agradecimientos, ya que para ellos ha sido muy difícil poder hablar. Esta contrariedad llegó a tal punto que uno de los participantes se negaba a integrarse al proyecto, hasta que un día aceptó porque se dio cuenta de que ya era hora de poder hablarlo.
“Por un lado está el vuelo de los niños -reflexiona el cineasta-, y por otro el mensaje político y la reivindicación de los derechos humanos, además del mensaje sobre la existencia de los exiliados, gente que quería este país pero debió irse por luchar. Los padres querían estar en el lugar de sus hijos, y de ahí surge todo. En lugar de los padres volaron los hijos”.


El niño que fui
El conductor radial Salvador Banchero nació en Buenos Aires en 1976, y cinco años después se exilió junto a su familia en Madrid. El único uruguayo de su familia era su padre, quien en 1973 había viajado a Buenos Aires y pasado a la clandestinidad.
Banchero cuenta que en su casa el exilio siempre estuvo presente de un modo muy natural, sin que generara un clima denso. Incluso recuerda una infancia feliz y no una sensación de desarraigo, aunque justifica el hecho por la rápida adaptación que se logra en la infancia. Pese a los buenos recuerdos, hasta el día de hoy le sigue llamando la atención la conciencia que tenía sobre la situación que vivía su familia, sobre todo teniendo en cuenta lo que se podía esperar de un niño de su edad.
El periodista recuerda que cuando se abordaba el tema del exilio en su familia siempre estaba más presente Uruguay que Argentina, incluso cuando la única presencia uruguaya era la de su padre. Todo lo que Banchero conocía de Uruguay se reducía a los viajes que hacía junto a su madre a Carmelo, donde visitaba a su abuela paterna. Pero aun así, el viaje lo sumió en una emoción difícil de explicar.
“No recuerdo cuándo me propusieron el viaje, pero estoy seguro de que mis padres me preguntaron si quería venir, ya que en casa todo se democratizaba. Durante muchos años pensé que las imágenes que tenía de esos momentos estaban distorsionadas, o agrandadas por el recuerdo de la infancia. Varios años después, cuando vi algunas imágenes me impactaron mucho, porque comprobé que realmente había sido así. Tenía recuerdos de la gente como una especie de corso, que se extendía a lo largo de las cuatro horas que demoró la caravana, cosas de las que siempre había dudado”, dice.
Centrándose en la conciencia de lo que estaba viviendo, recuerda que cuando iba en la caravana le interesaban cosas extrañas. Da el ejemplo de una veterana que se subió al ómnibus llorando (las puertas estaban abiertas por el calor sofocante de ese 26 de diciembre), y entre la emoción repetía “reabrieron la 30”. Su curiosidad fue tal que se olvidó de la multitud que los rodeaba y le preguntó a alguien de qué hablaba esa señora. La respuesta tenía que ver con la clausura de la radio, que se suponía que en ese momento había reabierto y estaba transmitiendo la llegada. “Entendía perfecto qué era lo que hacíamos ahí, y no tengo el mínimo recuerdo de haber sentido miedo. Las autoras del libro [Los niños del reencuentro] me preguntaban si alguna vez había sentido miedo, y en realidad nunca me había puesto a pensar en eso, que tenía absoluta lógica”.
Como en el viaje coincidió con amigos suyos que se encontraban en la misma situación que él (estaban en el exilio pero no tenían familiares presos, muertos o desaparecidos), al comunicador le llevó mucho tiempo darse cuenta de que su realidad de viaje era diferente, y que había 154 viajes e historias distintas. Con respecto a su situación, cuenta que al llegar fue a visitar a su abuela en Carmelo, cuando otros visitaban a su padre preso, o quedaban en medio de familias maternas y paternas que se los disputaban. “Sabía intelectualmente que existían personas con otras realidades, pero no era consciente de eso. Esto me sucedió años después, sobre todo cuando comencé a hablar con otra gente que había viajado. Me di cuenta de que no todos tenían la misma percepción, y a otros no les gustaba hablar mucho del viaje, o no lo recordaban como algo positivo. Algunos, incluso, se sintieron usados. Yo sabía perfectamente a lo que venía, por más que tuviera siete años, y por eso también fue una decisión propia.”
Evocando esta experiencia movilizadora, Banchero cree que fue un acontecimiento “redondo”, ya que alcanzó una brillantez estratégica de comunicación sin fisuras. Tiene en cuenta que debían comunicar una situación, y para ello, a los organizadores se les ocurrió que viajaran niños junto a algunas instituciones, organizaciones y diplomáticos, y así poder blindar el asunto y quitarle el componente político (vinieron integrantes de la Cruz roja, Naciones Unidas, delegaciones del Partido Socialista Obrero Español -PSOE- y el PP). Por eso mismo al régimen militar le resultó un suceso que se le imponía de forma irrevocable.
Otro de sus recuerdos tiene que ver con que, durante muchísimo tiempo, creyó que ésta era una historia compartida con todos los que hicieron el viaje, cuando en general la gente de su edad no lo recuerda. Frente a esta situación, Banchero habla de la necesidad que sentía de poder comunicarlo, aunque le resultaba casi imposible transmitir la experiencia. “Comencé a hacerlo por estos proyectos que se están haciendo, y tal vez por eso mismo me resulta un poco más sencillo”.


Para amanecer
“Encontramos una filmación clandestina del acto del 1° de mayo en una feria barrial”, dice animado Gabriel Melgarejo ni bien recibe a la diaria en su oficina (es secretario ejecutivo del PIT-CNT y uno de los fundadores de la murga Contrafarsa). “¿Te das cuenta de cómo se cruza todo, no?”, pregunta antes de iniciar la charla.
Lo primero a lo que se refiere son las actividades de 1983, una movilización popular que -para los que estaban fuera del país- indicaba que algo estaba sucediendo. “Dentro de todo este abanico de sucesos importantes, el viaje de los niños, en términos de registro, pasó desapercibido. Creo que recién ahora se está comenzando a hacer justicia, al ubicar este hecho concreto -casi inédito a nivel mundial- en ese concierto de actividades de movilización”.
Melgarejo tenía 15 años cuando arribó al aeropuerto de Carrasco. Dice que cuenta con un recuerdo muy grato de la visita, porque ellos vivían en una suerte de fantasía, mientras se llevaba a cabo una fuerte movilización política y social. “No sabíamos a qué llegábamos porque no sabíamos qué iba a pasar. Tampoco éramos conscientes de la magnitud. Cuando salíamos del aeropuerto y veíamos toda esa gente en la calle nos dábamos cuenta de lo increíble que era, y que finalmente sería algo disfrutable”. Cuenta que cuando aterrizaron, todo el avión comenzó a cantar “Se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar”, mientras los mayores a cargo se desesperaban por callar el cántico de los 154 niños.
Uno de los claros ejemplos de cómo la sociedad comenzaba a asumir más riesgos se vincula con el momento en que los militares y policías quisieron desviar la caravana por Avenida Italia, ya que estaban al tanto del número de personas que se desplegaba a lo largo de la rambla, pero la gente los enfrentó, impidiendo el cambio de rumbo.
“Vivimos esos 15 días como una suerte de fiesta, porque nos recibían y reconocían en todos lados, mientras la gente coreaba ‘tus padres volverán’. Por eso el título de la película de Pablo es muy sintomático, porque ésa era la consigna y lo que la gente nos transmitía en la calle. Recuerdo que íbamos al Prado, a las cooperativas, y todo era una fiesta de recibimiento. Tal vez era un contraste con lo que el país vivía en ese momento, pero la gente tenía una actitud tan propositiva de alegría, que era inevitable contagiarse. Cuando llegué a Madrid le dije a mi viejo ‘Preparate porque dentro de poquito volvemos, y si no, me vuelvo yo’”. En esta misma línea, reconoce que el viaje no sólo marcó a fuego su vida afectiva, sino también su formación política.
“Esto no tiene nada que ver con la política”, dice el quinceañero Melgarejo a El Diario, el 2 de enero de 1984, cuando el periodista le pregunta: “¿De qué forma calificarías la visita tuya y de los otros chicos al Uruguay?”. Él y otros compañeros eran, en cierto modo, la cara visible del viaje, y por eso mismo tenían muy claro qué le debían decir a la prensa. Sobre esto, el secretario de la central cuenta que venían adoctrinados, ya que debían transmitir un mensaje: la idea fuerza fue que ellos no eran 154 niños, sino que representaban a todos los uruguayos que no podían estar en el país por razones de exilio, y el mensaje era, precisamente, la necesidad del reencuentro de los uruguayos.
“Queríamos oponer la imagen que daba la dictadura de que esto era un operativo político -que obviamente lo era-, y en las declaraciones nosotros debíamos contrarrestar el concepto, ya que lo fundamental era lo humanitario de la misión, y la necesidad de plantear el problema latente de la cantidad de uruguayos que estaban en el exterior por no poder expresar sus ideas libremente. Hoy lo digo a 30 años de distancia, con 46 años y con plena conciencia de mi intelectualidad política, pero en aquel momento era un niño. Hay que trasladarlo a ese momento: un niño con un discurso político o con un marco de discurso político dentro del cual debía dejar un mensaje. Era una movida muy pesada y compleja. No sé si yo haría lo mismo con mis hijos, y no estoy juzgando a nuestros padres. Al contrario, fueron gestores de un hecho importantísimo en la historia reciente de Uruguay”.
Tal vez por lo difícil que resulta procesar este tipo de experiencias, Melgarejo explica que se ha encontrado con muchas personas que compartieron el viaje, y que recién ahora, después de 30 años, comenzaron a animarse a contar la historia.
Cuando se le pregunta por la gestación del viaje no puede evitar sonreír y definirla como “muy particular”. Después del proceso inicial entre Quico Mañero, el diálogo con el entonces presidente Felipe González y el PSOE, se inicia una segunda etapa que tiene que ver con la selección de los niños, ya que eran muchas las familias que querían enviar a sus hijos. Artigas Melgarejo junto a otros integrantes de la colonia de exiliados de Madrid asumió la responsabilidad de estudiar caso por caso, ver de dónde venían, cuál era la situación de los niños y de sus familias en el país, y también comprobar que existiera un tutor que los pudiera recoger en AEBU. Su hijo recuerda que fue un largo trabajo de ingeniería burocrática, ya que implicaba la conexión de esa oficina en Madrid y la Comisión del Reencuentro de Uruguay.
En el transcurso de esos días sucedieron muchísimas cosas. Por ejemplo, a las tres de la mañana sonaba el teléfono en la casa de la familia Melgarejo: era una madre que vivía en Bélgica y lloraba diciendo que su marido estaba en el Penal de Libertad y que ella quería que su hijo pudiera conocer a su padre. “Como la lista ya estaba completa, mi viejo nos bajaba del avión a mi hermano y a mí. Esto pasó muchas veces, y hasta último momento no sabíamos si veníamos”.
En cuanto a Tus padres volverán, considera que es muy interesante el enfoque de la película, ya que se centra en un punto de vista más humano que político, para así poder retratar cómo repercutió y transformó la vida de esos niños.
Una de las grandes preocupaciones actuales de Melgarejo se vincula con la percepción de que la memoria reciente se vuelve cada vez más acotada. Cree que es un deber proyectar e intentar ofrecer herramientas para que las personas puedan conocer qué es lo que sucedió. “En esta época en la que contamos con una democracia muy estable y podemos disfrutarla, perdemos la perspectiva de que para que esto exista fue necesario haber padecido todo aquello. Me preocupaba que las nuevas generaciones conozcan esta perspectiva, y también me preocupa mucho la proyección de aquellos hechos hacia el futuro”.
Teniendo en cuenta que toda historia de vida resulta fragmentaria y subjetiva, la realidad irreal del exilio vuelve a exhibirse, esta vez desde la perspectiva infantil de un suceso que marcó la historia reciente. Aun hoy, sorprendido, Melgarejo reconoce que recién al llegar a Madrid comprendieron “lo que significó aquel viaje”, mientras la consigna “tus padres volverán” aún continuaba resonando a lo lejos.
Débora Quiring

EL CACIQUILLO Y LA PRIMER DEFENSA DE PAYSANDU


EL CACIQUILLO Y LA PRIMER DEFENSA DE PAYSANDU
4 diciembre, 2009 · de Chan Tacuabe · en LA NACION CHARRUA. ·



1811 PRIMERA DEFENSA DE PAYSANDU TAN O IGUAL DE HEROICA QUE LA DE LEANDRO GOMEZ PERO AQUI NADIE LA RECUERDA Y POCOS LA CONOCEN..

El Caciquillo y la Redota a cubierto de amenazas

1811: Los Charrúas están en guerra con los portugueses invasores, antes de que se inicie “La emigración”

La primer fecha del “Exodo del pueblo oriental” bien puede ser el 26 de setiembre de 1811, cuando un oficial portugués que está en Belén le pide refuerzos a su superior, porque se siente inseguro. Los invasores que llegaron atravesando la frontera del norte ya habían penetrado en algunos puntos, hasta las costas del Rio Negro, pero cuanto más avanzan, en peor situación se encuentran. El desierto llamado “La Sierra” es un lugar dominado por los indios bravos.

Copio algunas líneas del inmenso diálogo secreto cruzado entre los oficiales portugueses que operan en el frente norte.

El sargento mayor Manuel dos Santos Pedroso le escribe a José Francisco Muniz Fagúndez:

—“Aquí necesito gente para la guarnición de varios lugares que he conquistado; así como apoyo en Curuzú Cuatiá que también tomé dos veces por la fuerza de las armas; pero no tengo gente para la guarnición de ese pueblo; volvieron los enemigos a posesionarse de él. El furriel Bentos Manuel con las fuerzas que lo acompañan está en Paysandú, reunidas ambas partidas.

Respecto a los charrúas por ahora los dejaremos… al respecto bocalmente conversaremos” (1)

En cambio Diego de Souza, que entró por el sureste, avanza sobre Montevideo en una especie de paseo militar. La presión militar de los invasores creció hasta hacerse insostenible. El 7 de octubre, se firma en Arroyo Seco, frente a Montevideo, un cese de hostilidades. El asedio a la ciudad se paraliza y el ejército sitiador de Montevideo, encara una operación de retirada hacia San José. (2)

Con esa misma fecha, José Rondeau, el comandante del ejército auxiliador porteño, que todavía está en las inmediaciones de Montevideo, felicita a José Ambrosio Carranza, el oficial patriota que dos días antes, con cien hombres, le tendió una emboscada y derrotó una partida portuguesa, cerca de la casa de Pezoa, no lejos de Paysandú. (3)

Por las dudas, Carranza también había enterado de sus triunfos, al gobierno de Buenos Aires:

—“Tengo el honor de dar a Vuestra Excelencia la plausible noticia de haber ocupado este día, con las armas de la patria, el oprimido pueblo de Paysandú, sin oposición alguna, después de haber tenido con los portugueses dos choques en campaña, en que salieron completamente derrotados, de todo lo cual dirijo el circunstanciado parte a mi general en Jefe (Rondeau) quien no dudo, lo pasará a Vuestra Excelencia” (4)

1RA DEFENSA DE PAYSANDU

UN POETA. Vale la pena detenerse en una corta digresión.

El oficio dirigido a la capital porteña, se destaca entre los documentos de época producidos en nuestra Banda, por la buena redacción y por su ortografía perfecta; fue escrito indudablemente, por Bartolomé Hidalgo, que es más prolijo que Monterroso o Barreiro, los principales secretarios de Artigas.

No es casualidad que a continuación de las buenas noticias que encabezan el oficio de Carranza a Buenos Aires, se incluya este pedido: “Se digne librar el competente nombramiento de comisario de esta expedición a mi mando, con el sueldo que Vuestra Excelencia halle conveniente, al patriota don Bartolomé Hidalgo, pues es sujeto en quien están refundidas las circunstancias recomendables, capaces de causar la dirección y consejo de mi, para conseguir el éxito de mis empresas, habiendo voluntariamente seguido a mi lado hasta este pueblo reconquistado, encargado de diferentes ramos de mi expedición. En Paysandú, octubre 8 de 1811”. (4)

El parte de la toma de Paysandú, que también integra las obras completas de Bartolomé Hidalgo, dice a nombre de Carranza:

—“Desde el arroyo de la Leche, continué mi marcha con indecible trabajo, por la escasez de caballadas, hasta el puesto de Benito Chain, adonde esperé reunirme con la división de Baltasar Ojeda, que vino el día 5 a las cuatro y media de la tarde, en cuya hora salimos en dirección a Paysandú. Reunido el día 8 con 28 charrúas al mando del Caciquillo Manuel Artigas y varios vecinos, avanzamos el pueblo, habiendo la división de Ojeda cercándolo por tres puntos en la parte opuesta y yo por el lado de la entrada real, con la segunda división.



Pero ¡Cuál no fue nuestra sorpresa cuando vi el pueblo totalmente desocupado y saqueado a su extremo!” (5)

También el parte de la reconquista pacífica de Paysandú termina con consideraciones personalísimas:

—“Concluiré diciendo que en las marchas desde la Capilla de Mercedes hasta Paysandú, me han asistido voluntariamente, Rufino Martínez de la Torre y don Francisco Haedo, ejes de nuestras marchas, y don Bartolomé Hidalgo quien desde que pisé en la Capilla no se ha separado de mi lado llevando la dirección de mis consejos y trabajando en obsequio de la patria todo cuanto le era posible en el cargo que provisionalmente le di, de comisario y director que por sus conocimientos, capaz es de encargarse de cualquiera otra mayor comisión. Paysandú, 9 octubre de 1811”.

EL SUR. Con fecha 13 de octubre, Diego de Souza, al mando de las fuerzas incontenibles que entraron por el este, informa:

—“Alguas de nosas partidas tem chegado a POZISOENS DISTANTES MEIO DA DE CAMINO do Exercito que bloquea Monte Vidéo. Quazi o país enteiro da Banda Oriental de Rio Negro e occidental até San Miguel, asim como desde os Límites Neutrales com as nossas posesoens do Rio Grande e vilas, para cá de Santa Teresa, esta ocupado pelas Tropas Portuguezas”. (6)

El 23 de octubre, se ratifica acuerdo preliminar y el ejército auxiliador, venido de Buenos Aires inicia su retirada y por consiguiente, la Banda Oriental es abandonada a los invasores.

Es entonces que los orientales, que venían sintiendo en carne propia hasta dónde esta derrota se imponía a sangre y fuego, resuelven emigrar y se inicia una huida masiva hacia Salto (que los criollos llamaron La Emigración; los gauchos analfabetos, la Redota; y los historiadores cultos, muchas años después, “elExodo”); esa marcha de todo un pueblo (más de 4.000 personas) fue un intento desesperado por cruzar en paso del Salto Grande hacia la costa de Entre Ríos, para quedar a salvo de la invasión. Y es muy claro que la Redota pudo cumplir su propósito, porque el litoral no cayó en manos de los invasores. En el norte el problema portugués fue la resistencia charrúa y luego las milicias que Artigas organizó con los propios vecinos, su personal y los gauchos sueltos.

Cuatro días después de ratificado el tratado que entregó la Banda Oriental (el día 27 de octubre) Lino de Moraes le informa a Diego de Souza, desde Montevideo: Artigas va al frente de 2.000 hombres y se dirige a la Capilla de las Mercedes.

Artigas, el verdadero, no el milico mentido de Blanes
Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú y Valizas, Uruguay

ARTIGAS Y CARRANZA. Esa misma semana (el 31 de octubre) Bartolomé Hidalgo, escribe:

—“Mi querido Carranza: El señor don José Artigas me dirige el adjunto oficio para usted y me encarga, en carta particular, que determine acerca de sus sentimientos, lo que me parezca más conveniente, porque en la actualidad no lo asisten los debidos conocimientos con respecto a usted. Pero yo, que he merecido su confianza y que he sido y seré su inseparable compañero, no he dilatado un momento en remitirlo para que usted se entere de su justo y sabio contenido y proceda en un todo según su tenor.

A Artigas ya le escribo, diciéndole que por parte de usted, puede descansar. Yo confío que la reunión (de ustedes) será lo más pronto posible”. (7)

Nace así una hermosa amistad entre Carranza y el Jefe de los Orientales. Cuando además de la comunicación de su amigo, Artigas recibe una carta de Carranza confirmándole su adhesión, la respuesta es desbordante.

En un mismo día (2 de noviembre) Artigas le escribe dos veces a Carranza:

—Mi paisano: La de usted del 30 del que acaba, me manifiesta los sentimientos que le asisten sobre nuestras operaciones. Yo aseguro a usted que ellos son en un todo conforme a los principios que he adoptado y que quisiera que siguieran todos.

Exalte el entusiasmo de las gentes para que no queden bajo el portugués, no les manifieste usted nada absolutamente de las consecuencias que deben resultar en beneficio de la patria.

La reunión de los indios bravos es de la primera necesidad y yo espero que usted, de cualquier modo, me envíe algún cacique, acompañado de diez o doce indios para que trate conmigo.

Apuremos todos los recursos para que los portugueses no se hagan dueños de esta banda. Puntas del arroyo Perdido, 2 de noviembre de 1811.

La segunda carta a Carranza, con la misma fecha, está escrita de mano de Miguel Barreiro (secretario y sobrino de Artigas) y es más breve y más extraordinaria. Dice:

—“Reunida la gente en Sandú( Paysandu), conservará usted dicho punto, precisamente, hasta mi llegada, procurando aumentar sucesivamente, (el ardor) de la gente y activando las providencias concernientes a reunir cuantas armas se pueda.

Auxiliará usted a la mayor brevedad a mi Caciquillo, dándole orden de partir para los indios bravos, a fin de que estos nos auxilien con sus brazos en una causa que también es la suya; para ello, aconsejará usted de mi parte al Caciquillo. Emplee cuantos medios razonables estén a su alcance”.

Seguramente fue un día muy especial ese 2 de noviembre, junto a las costas del arroyo Perdido, con la caravana del Exodo entrando en Soriano, a la altura de Porongos.

Artigas escribe: “Auxiliará usted a mi Caciquillo”.

En esta frase, el posesivo “MI” cobra una sugestión que no tiene igual en ninguno de los miles de documentos que Artigas habrá de producir a lo largo de toda su vida.

Ese “mi”, que parece escapado como un exceso involuntario de espontaneidad, descubre algo íntimo que Artigas, jamás deja traslucir. (Tal vez se expresa así porque supone que es inútil disimular con Carranza. La mención llamativa de los charrúas en el parte escrito por Bartolomé Hidalgo, hace suponer que el poeta conocía la vinculación de sangre existente entre el Caciquillo y Artigas. Hidalgo había servido en la casa paterna de Artigas y en Montevideo, el 13 de agosto de 1805, Bartolomé Hidalgo había firmado a ruego por Francisca Artigas, el consentimiento para que su hija Rosalía Villagrán se casara con el ayudante mayor del Cuerpo de Blandengues de esta frontera, don José Gervasio Artigas.

También hay otro dato escondido en las dos cartas del dos de noviembre: el Caciquillo no sabe leer. Artigas no le escribe a él, le ruega a Carranza: Dele orden (a mi Caciquillo) de partir “para los indios bravos”. Sabiendo este detalle, más misteriosa y más mágica se hace la carta de Artigas al Caciquillo donde firma aclarando: “Tu padre, Artigas”. El Caciquillo lleva con él ese papel que no es capaz de leer, como si fuera un talismán (Véase el librito: “Artigas y su hijo el Caciquillo” donde explico las connotaciones que rodean a esa carta clave. La lleva entre sus ropas un hombre que viaja desnudo).

El llamado a los indios infieles (la comisión que Artigas le encargara al Caciquillo: traer a los caciques) dio resultado inmediato. A los doce días de las cartas a Carranza, Artigas le escribe a Elías Galván:

“Los indios infieles, abandonando sus tolderías, inundan la campaña presentándome sus bravos esfuerzos para cooperar a la consolidación de nuestro gran sistema.”

Por un terreno así defendido fue avanzando La Redota, a cubierto de toda amenaza. Y de esa derrota inolvidable, nacimos.

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(1) Archivo Artigas, tomo V, pág. 299

ARTIGAS: EL HOMBRE SOLO

EL HOMBRE SOLO

                                               

Pasarán todavía muchos años antes de que el mundo entero, América y el Uruguay, conozcan a Artigas. Ningún otro personaje en el país, se le com­para. Ningún otro, en todo el ámbito continental.
El pasado es él; la respuesta que reclama el presente, está en él; en él, está el futuro.
Sobre nuestras tierras pesa, desde hace ciento cincuenta años, su derrota. Pero esa su derrota, es su victoria y será nuestra victoria.
Durante todos los días y todas las noches de estos ciento cincuenta años, mientras sus huesos se convertían, en polvo, el sol y las estrellas, los cielos y los suelos americanos, han visto la pompa triunfal de quienes lo negaron, de quienes lo traicionaron, de quienes lo escarnecieron.

La historia del pasado siglo y medio es, con parciales y/o transitorias rectificaciones, la historia del antiartiguismo. Y si alguien, en contadas épocas, volvió a empuñar algunas de sus banderas, ninguno tuvo una visión tan armónica y completa de nuestro quehacer y nuestro destino.
Cuando desapareció en el silencio, América entera, desapareció con él.
La hora llegó de aquellos que no creían a nuestros pueblos capaces de ser libres y reclamaban tutores. Cambian los tiempos, la desconfianza que lleva a la alienación continúa. Ayer, España, Portugal, Francia, Inglaterra. Hoy Esta­dos Unidos o el respaldo de otros bloques.
Independencia es ser lo que somos, - nuestra vocación y nuestra geografía - ­sin atarnos a nadie, sin sujetarnos a los intereses de nadie.
La hora llegó de los que asimismo negaban la posibilidad de organizarnos re­publicana y democráticamente. De quienes, lógicos, a la tutela externa, querían agregar, para combatir a los "anarquistas", la interna tutela de los doctores o de los déspotas iluminados, fideicomisarios del amo extraño. Los dictadores de hoy son los herederos de los monárquicos de ayer.
La hora llegó de los que balcanizaron a nuestros pueblos. De los que nos divi­dieron, por imposición de los de afuera y para satisfacer sus ambiciones de man­do. Estos ciento cincuenta años de nuestra América, son ciento cincuenta años de despedazamiento y fragmentación.
La hora llegó de las oligarquías rurales y ciudadanas que crearon las ciudades monstruosas y vanas, despojaron de las tierras a quienes necesitaban trabajarlas, entregaron las riquezas al extranjero.     
Artigas es la independencia total y la república democrática; la nación en la confederación; la producción frente al intermediario; los frutos de la tierra para los que sobre ella, penan.
Por eso sus enemigos fueron todos: los débiles y los déspotas; los escépticos y los burócratas; los intermediarios y los terratenientes; los hombres de poca fe y los hombres de orden; los extranjerizantes, vendida el alma al poderoso ajeno y también los "patriotas" de campanario atados al minúsculo solar cir­cuido por el horizonte visible.
Y está el hombre.
El resplandeciente e impar valor humano. El héroe que no contó con el favor de los dioses.
El combatiente de carne y hueso en un perdido rincón del mundo, en un perdido rincón de América, que debió librar una larga batalla, sin pausa, solo, contra los de fuera y contra los propios. El héroe limpio de oropel y sin eco, cuyo único refugio era la fe de los más humildes y más desamparados, y también su misma fe, nunca quebrantada, en esos desamparados y humildes.
¿Qué otro personaje a lo largo y a lo ancho de todo el continente sostuvo combate semejante?
¿Qué otro personaje a lo largo y a lo ancho de la memoria de los hombres, mantiene silencio tan digno, soporta sufrimiento tan constante y prolongado cuando, dicho su mensaje y cumplida su jornada, queda solo, ya definitivamente solo, en diálogo con Dios y a la espera de la muerte?
Bienvenida ella si es súbita y más si se cumple en la euforia de la pelea. Des­graciado de aquel que padece lento agonizar y mayor su gloria si no cede a los golpes de las horas, y a las acechanzas del abandono y a la física decrepitud.
Pepe y su primo

Otros hubieran querido explicarse y justificarse.
El, en su recóndito ostracis­mo, no. Ni se explicó ni se justificó. Después de haber librado batalla, calló.
Ese su augusto silencio no tiene paralelo ni ejemplo. Una crucifixión que duró trein­ta años.
Cristo a la jineta, él sí. Nuestro Cristo a la jineta, que, en su inmenso des­amparo, luego de mostrarnos cómo se combate, nos enseñó cómo se espera.
Allí sobre la cruz, pudo preguntarse si su afán había sido necesario y fecundo. Allí, sobre la cruz pudo, en un humano momento de flaqueza, también impetrar: "Señor, Señor ¿por qué me has abandonado?".
Pero ya despojado de todo orgullo, ya liberado de toda vanidad, si es que algún día la tuvo, él, Cristo inmortal a la jineta, desvalido y miserable, enmudeció y se inclinó.
Tanto o más que su brioso batallar, es su transido silencio el que ahora nos golpea, el que nos golpeará siempre mientras los orientales y aún los america­nos, no seamos lo que él quiso que fuéramos.
Sí, él, Cristo a la jineta, nuestro Cristo a la jineta, para redención de nuestros pecados y salvación de nuestra alma y nuestra tierra. Sí, él, nuestro Cristo a la jineta, para ayudarnos a vivir y para ayudarnos a morir.
*  *  *
El mensaje del combatiente podrá – deberá - cumplirse un día y quedar vacío de virtualidad creadora.
La enseñanza del hombre nunca se agotará
Carlos Quijano                                                             
MARCHA, 20 de Junio de 1964
envío de Pedro H
posta - postaporteñ@ 1188 - 2014-06-19 

Cuadros de Luis Ferrer, Paysandú

ARTIGAS: EL GRAN TRAICIONADO

250° aniversario del Natalicio de Artigas

EL GRAN TRAICIONADO




Hace poco más de diez años, Pivel Devoto mostró, desde las páginas de MARCHA, en una dilatada y documentada serie de notas, como, a través del tiempo había solu­cionado el juicio sobre la personalidad y la ac­ción de Artigas
"De la leyenda negra al culto artiguista" se titulaban esas notas, que por des­gracia detuvieron sus comentarios en 1880.
"Vencedor en el terreno ideológico - escribía Pivel -  Artigas vio eclipsar su hegemonía polí­tica ante el reclamo de sus tenientes que con las provincias que acaudillaban, se creyeron en un grado de madurez reñida con el protectorado, al tiempo que los últimos hechos de armas en la resistencia contra la invasión portuguesa, señala­ban el ocaso del poderío militar del jefe de los orientales”.
“Desde ese momento., todos aquellos  motivos  de pasión personal y colectiva que la lucha había engendrado, servirían para nutrir las jui­cios de la 'leyenda negra artiguista'
La clase culta del Ría de la Plata, que salvo excepciones, entró a la revolución de 1810, sin sospechar las alteraciones del orden social que ella traería, así como los otrora ricos hacendados de la campa­ña oriental que, auspiciaron la gran protesta rural de 1811, a la que Artigas dio un contenida ideológico contrario a sus intereses, no perdo­narían par largo tiempo al 'caudillo tumultua­rio' que al declarar a estas pueblas 'en el goce de sus derechos primitivos', los iniciara en la verdadera revolución, cuyas incontables manifestaciones anárquicas fueron desde entonces señaladas coma sello característico de la que se dio en llamar 'las tiempos de Artigas'.
Es hora de preguntarse si ese culto a que re­fiere con toda propiedad Pivel, no es un culto, de latría, si no la es también, en muchos aspec­tos, externo, si, por último no es superfluo., en cuanto "se da par medio de cosas vanas e inúti­les a dirigiéndolo a otros fines" que los verdade­ros y auténticos
La leyenda negra puede haber adquirido nue­vas formas la que fue ponzoñosa calumnia pue­de haberse convertido en reverente homenaje, pero una y otro responden al mismo propósito: ocultarnos a Artigas, despojarnos de él, disimu­larnos su significación, ofrecernos una imagen desfigurada del héroe
La diatriba y la hagiogra­fía conducirían a 1o mismo. Y lo que no pudo aquélla, lo lograría ésta.
Así nos parece. Traicio­nado en vida, Artigas sigue traicionado en la muerte. ¡Y qué traición!
*  *  *

Otorgués


Bien pocos, - si los hubo -, tuvieron en la pa­tria vieja, cabal medida de lo que Artigas fue y representó. La traición y la defección fueron la infatigable compañía de éste. Sombra y eco de su soledad. No pensamos al decirlo en la trai­ción de las oligarquías porteñas, la de los Puey­rredón y los Tagle; no pensamos tampoco en las astucias alevosas de los caudillos del Pro­tectorado ni en las de la diplomacia lusitana, sutil y corruptora. Pensamos en las que conoció y sufrió en su propia tierra que revistieron las más diversas formas.
Uno de los episodios me­nos explorados de nuestra historia es el de la in­vasión portuguesa y aún menos explorado toda­vía - hechas las debidas excepciones, Pivel en primer término - son los años de la Cisplatina que, en realidad, se extienden desde la ocupa­ción de Montevideo, el 17 hasta el 25.
¿Por qué ése vacío en nuestra historia?
La Cisplatina, sin embargo, es un fruto y al tiempo una semilla. Anuda el paso de los hechos. Mues­tra la continuidad de una lucha que llega a nuestros días y ha de prolongarse en los futuros. La Cisplatina es el reclamo, primero y la gozosa aceptación después, de la invasión extranjera. Las fuerzas del "orden" estaban cansadas de la anarquía y los "anarquistas". De la tumultua­ria irrupción de las masas. El héroe convocaba al sacrificio; el extranjero, ofrecía la sopa en el collar. Entre la libertad - aventura y riesgo - y  la seguridad - sumisión y prebendas - la opción  de las llamadas clases dirigentes de entonces, fue la que debía ser.

Artigas y su primo


¿Por qué, - volvemos a preguntar -, la Cisplatina ha tenido tan pocos comentarios y comentaristas?
Admitamos que sea por pudor. Al respecto se nos permitirá intercalar el relato de un pequeño hecho. En 1852, apareció en Londres la segunda edición ampliada de un libro de Sir Woodbine Parish - Buenos Aires and the provin­ces of the Río de la Plata - Woodbine Parish ha­bía sido cónsul general de Inglaterra en Buenos Aires desde 1824 hasta 1832 y su obra rebosa de datos de gran interés. Poco después de publi­cado el libro, lo tradujo al español, en Buenos Aires, Justo Maeso, al mismo tiempo que mu­chos años más tarde habría de participar con fervor en la reivindicación de Artigas. El libro de Parish contenía muchos documentos hasta entonces desconocidos. Maeso suprimió algunos y para explicar la supresión dijo: "En el original inglés hay un documento firmado por el general Belgrano y el doctor Rivadavia, datado en Lon­dres el 16 de mayo de 1815 y que precede a los anteriores por su fecha; pero su contenido es de tal carácter que me he permitido omitirlo en este apéndice. Esta omisión despoja a esta tra­ducción española de un valioso agregado; pero en cambio ella será bien acogida por los corazo­nes generosos que preferirán la privación de una estéril curiosidad al oprobio que pueda recaer sobre nombres y reputaciones que como el del primero son el más glorioso timbre de la hidalguía argentina”.
Más de treinta años después, en 1885, al pu­blicar su "Artigas", Maeso volvió sobre el tema: "En la obra en inglés de Sir Woodbine Parish ' Buenos Aires y las Provincias del Río de la Pla­ta' que tradujimos y anotamos extensamente hace treinta y un años, de que hablábamos an­tes, se contenían en el apéndice algunos de los documentos que evidenciaban esas vergonzosas defecciones. Entre ellas se incluía la reverente petición y súplica dirigida a Carlos IV por Bel­grano y Rivadavia y otros documentos relativos a negociaciones análogas. Por un sentimiento de dignidad y aun de candor juvenil, como argenti­nos y aún como una amarga decepción a que no queríamos resignarnos, ni en la que podíamos creer, esperando a mejores pruebas, nos decidi­mos a suprimir algunos de esos documentos, de cuya irrecusable autenticidad muy pronto después nos cercioramos y ratificamos".
Ahora bien, en 1958 se reimprimió en Bue­nos Aires - colección El Pasado Argentino, Ha­chette - el libro de Woodbine Parish, en la tra­ducción de Maeso y con un prólogo de José Luis Busaniche. El documento a que refiere Maeso continúa suprimido y a él no hace la me­nor mención el prologuista Busaniche. Más aún al pie de la página 564, aparece otra vez la nota explicativa de Maeso. Un largo siglo ha pasado y no se quiere develar el misterio. Agregamos, aunque ya el detalle es nimio, que por azar po­seemos la edición original de Woodbine Parish, fechada en 1852, y que el documento de la referencia, va de las páginas 386 a 392, a pesar de que la versión que de él se da es un resumen, según el propio Parish lo declara
*  *  *
Admitamos, como antes decíamos, que las mutilaciones y vacíos de nuestra historia se ha­yan producido, como en el caso de Maeso, por pudor. Puede que en otros casos las razones ha­yan sido distintas; pero no interesa ahora discu­tirlo ni tampoco averiguarlo. La historia sincera, como la quería Seignobos no puede incurrir en semejantes omisiones. Y escribir la historia con sinceridad, nos hará bien a todos. No hay otra manera de conocer, por nuestro pasado, nues­tro destino. Y entonces las falsas glorias caerán y las auténticas resplandecerán mejor.
Desde que la invasión se inicia, la traición hasta entonces soterrada, aparece. Los años que van del 16 al 20, - hasta que Artigas se encierra en el Paraguay -  son años de lucha sin pausa y de cruentas y repetidas derrotas y también de flaquezas, defecciones y renuencias.
El "frente interno" como hoy le llaman, so­bre todo Montevideo, no marcha a compás con la desesperada y audaz resistencia de las tropas, sin armas ni cuadros, de Artigas. Mientras esos soldados instintivos se hacen matar, el procera­to ciudadano conspira, intriga, suplica y acoge complaciente las proposiciones de la oligarquía porteña y de la Corte Imperial. Cualquier amo antes que los "anarquistas" de Artigas.
Buenos Aires está dispuesto a entregar la provincia. El procerato montevideano a vender su alma, para salvar bienes y tranquilidad, al diablo. Pero no es sólo en la ciudad donde la conspiración se incuba. También los jefes mili­tares participan en ella. Portugal, que ha espe­rado su hora, recoge, entre bendiciones, los fru­tos de esta doble y además estúpida traición.
Y son muchos los grandes hombres de nues­tra historia, esos que hoy llenan el nomenclátor de la ciudad, los que aparecen confundidos en­tre las sombras de la gran conjura
En 1816, ya con la invasión en marcha, se produce la asonada del 3 de septiembre y el arresto de don Miguel Barreiro. Al frente de ella están, entre otros, Juan Ma. Pérez y Lucas Obes.
Pocos meses después, Juan J. Durán y Juan Francisco Giró delegados del Cabildo de Monte­video, ofrecen en bandeja la provincia oriental al gobierno de Pueyrredón, más que cómplice, fautor de la invasión. De ese Cabildo forman parte Juan de Medina, Felipe García, Agustín Estrada. Joaquín Suárez, que luego rescatará con dignidad este error o falta, Santiago Sierra, Lorenzo J. Pérez, Jerónimo Bianqui. Artigas rechaza la entrega y contesta a los diputados Durán y Giró, desde el Campo Volante de Santa Ana, el 26 de diciembre de 1816: "Por precisos que fuesen los momentos del conflicto, por ple­nos que hayan sido los poderes que V. S. reves­tía en su diputación, nunca debieron creerse bas­tantes a sellar los intereses de tantos pueblos sin su expreso consentimiento. Yo mismo no basta­ría á realizarlos sin este requisito, ¿y V. S. con mano serena ha firmado el acta publicada por ese gobierno en 8 del presente? Es preciso ó su­poner a V. S. extranjero en la historia de nues­tros sucesos, o creerlo menos interesado en con­servar lo sagrado de nuestros derechos, para subscribirse á unos pactos, que envilecen el mérito de nuestra justicia, y cubren de ignominia la sangre de sus defensores"



"El jefe de los orientales ha manifestado en todos tiempos que ama demasiado su patria, para sacrificar este rico patrimonio de los orienta­les al bajo precio de la necesidad. Por fortuna la presente no es tan extrema que pueda ligarnos a un tal compromiso. Tenga V. S. la bondad de re­petirlo en mi nombre a ese gobierno y asegurar­le mi poca satisfacción en la liberalidad de sus ideas con la mezquindad de sus sentimientos."
"En consecuencia V. S. ha cesado de su co­misión, y si le place puede retirarse á Montevi­deo, allí podrán efectuarse las justificaciones competentes, y ojalá que los resultados de su comisión condigan a los de su conocida honra­dez."
En mayo del 17, los jefes y oficiales de las fuerzas sitiadoras de Montevideo, se pronuncian contra Rivera y exigen que el mando sea confe­rido a Thomas García de Zúñiga.
Algo más tarde Bauzá; entre cuyos oficiales se cuenta Oribe, abandona el sitio y se va con armas y bagajes previo acuerdo con Lecor, a Buenos Aires.
Después de la derrota de Tacuarembó, cuan­do Artigas marcha a las provincias argentinas que aún le son fieles, en busca de refuerzos, Ri­vera desacata las órdenes de su jefe y licencia sus tropas, deserta y se rinde a los portugueses. El propio Eduardo Acevedo, acota al comentar la lucha con Ramírez: "Fue vencido pues Arti­gas, gracias a la escuadra, a las armas y a los sol­dados que el gobierno de Buenos Aires había puesto a la disposición de Ramírez en virtud de los convenios secretos del Pilar. Y fue vencido también, porque las divisiones orientales que habían escapado del desastre de Tacuarembó, en vez de cruzar el Uruguay, desacataron sus ór­denes para entrar en transacciones con Lecor. Si esas fuerzas lo hubieran acompañado a Corrien­tes, es probable que la suerte de las armas le hubiese sido favorable y entonces las Provincias Unidas habrían decretado la guerra al Brasil, co­mo complemento obligado del derrumbe de las autoridades que habían pactado la conquista de la Banda Oriental. De aquí seguramente la amarga reconvención que el coronel Cáceres pone en boca de Artigas: "que Rivera tenía la culpa del triunfo de los portugueses”
Mientras los soldados de Artigas mueren en  los combates que se inician en Santa Ana y se cierran en Tacuarembó; mientras los jefes planean pronunciamientos o desertan, el, Cabildo de Montevideo, eximio representante de la contrarrevolución y -¿por qué no?- de la antipatria,se avillana en zalemas y genuflexiones ante el invasor. Lo recibe bajo palio y aprovecha la protección de las armas "portuguesas para denos­tar a Artigas. El 23 de enero de 1817, seis días después de la entrada de Lecor, el Cabildo declara por boca de su síndico, que "debe tener en vista el comprometimiento general de este vecindario con las tropas de Artigas, con Bue­nos Aires y principalmente con los españoles; y que S. E. debe entrever que en manos de cual­quiera de éstos que el pueblo desgraciadamente cayera, sería una víctima infeliz de la venganza y llegarían al colmo de sus desdichas. Que a él le parecía que al Cabildo representante de los pueblos, tocaba agitar su engrandecimiento y que no había otro medio que el que pasaba a proponer, cual es (previa la debida licencia del señor Capitán de la Provincia) hacer una diputa­ción a su Majestad Fidelísima el Rey nuestro se­ñor, impetrándole su protección y suplicándole que tuviera la dignación de incorporar este terri­torio a los dominios de su corona".

El cura Monterroso, secretario de artigas

Firman el acta los cabildantes, Juan de Medina, Felipe García, Agustín Estrada, Lorenzo J. Pérez, Ge­rónimo Pio Bianqui y el secretario Francisco Solano Antuña.
A poco, el Cabildo designa a Larrañaga y a Bianqui diputados ante el rey don Juan VI, para reclamar y concertar la incorporación. "Solici­tarán - dicen las instrucciones - con el mayor empeño que S. M. se digne incorporar a sus do­minios del Brasil este territorio de la Banda Oriental del Río de la Plata". Estas instrucciones, además de los anteriores cabildantes, las firman el alcalde de 1er. voto don Juan José Duran y el Defensor de Menores don Juan Fco. Giró, los mismos personajes que un año antes habían ido a entregarle la provincia a Pueyrredón.


Artigas y Melchora

La traición iba a consumarse. En tanto Arti­gas se hunde para siempre en el Paraguay, Cane­lones, Maldonado y San José también se declaran incorporados a la corona de Portugal y en 1821 se reúne el Congreso Cisplatino. Forman parte de él los cabildantes de antes, los deserto­res de antes y el 18 de julio de 1821, reténgase la fecha, después de sesudos discursos de Bian­qui, Llambí y Larrañaga, se vota por aclamación la incorporación a Portugal. "De este modo, acertó a decir, Bianqui, se libra a la Provincia de la más funesta de todas las esclavitudes que es la de la anarquía. Viviremos en orden bajo un poder respetable; seguirá nuestro comercio sos­tenido por los progresos de la pastura; los hacendados recogerán el fruto de los  trabajos emprendidos en sus haciendas, para repararse de los pasados quebrantos y los hombres díscolos que se preparan a utilizar, el desorden y satisfa­cer sus resentimientos en la sangre de sus com­patriotas se aplicarán al trabajo o tendrán que sufrir el rigor de las leyes; y en cualquier caso que prepare el tiempo, o el torrente irresistible de los sucesos, se hallará la provincia rica, des­poblada y en estado de sostener el orden que es la base de la felicidad pública. De hecho nuestro país está en poder de las  tropas portuguesas”.
Deben repetirse los nombres de los que vo­taron esa incorporación tanto más cuanto que un sospechoso y en el caso también piadoso, ol­vido, ha disimulado o disminuido la tremenda culpa.
Son éstos: Juan José Durán, Dámaso A. La­rrañaga, Thomas García de Zúñiga, Fructuoso Rivera, Loreto de Gomensoro, José Vicente Gallegos, Manuel Lago, Luis Pérez, Mateo Visillac, José de Alagón, Gerónirno Pío Bianqui, Ro­mualdo Ximeno, Alejandro Chucarro, Manuel Antonio Sylba, Salvador García, Francisco Llambí.
Así cerró el drama. El drama de un hombre solo y de su auténtico e inmaduro pueblo, que va de pelea en pelea, mientras la intriga de los de afuera, unida a la fuerza, y la traición y la flaqueza de los de adentro lo empujan a la  muerte. 
Treinta años más había de vivir Artigas, en su largo viaje, sin quejas, al fondo de la noche. Treinta años de una grandeza impar. La calumnia no respetó su callada y, sin duda, angustiosa soledad. .
Después vino tardíamente la hora de la repa­ración y en ella todas las voces confluyeron pa­ra ofrecemos la imagen depurada e ideal de un jefe, sin sangre, sin huesos y sin barro, de un tu­telar patriarca colocado más allá del bien y del mal, del error y de la injusticia. Depurada ima­gen, vacía de vida. Depurada imagen que perte­nece a la hagiografía.
Y bien, hay que rescatar hoy y siempre al au­téntico Artigas, de la doble conspiración que es una sola: la de la calumnia y la del incienso. En lo más hondo de la tierra las dos corrientes que chocaron en un terrible remolino durante los años de la patria vieja, continúan su curso. El personaje tiene un inaudito valor humano pero además es la encarnación de la esperanza y el destino nacionales. Fue el suyo el drama de la soledad, que soportó, como héroe alguno fue capaz de soportar. Maestro así de vida, porque todas nuestras desazones e infortunio son ridí­culos y mezquinos frente a cuanto él, en obsti­nado silencio, padeció.
Encarnó la Orientalidad. Mientras aliente un oriental, Artigas vivirá. Pero fue también y so­bre todo, el heraldo y. profeta de la revolución nacional, esa que aún espera el llamado de los tiempos para realizarse. Por serlo, los hombres de "orden", lo acosaron, lo traicionaron, lo ca­lumniaron. Antes que los "anarquistas" de Arti­gas, la intervención extranjera. Antes que la re­volución de esos "anarquistas" se propagara, la entrega al enemigo secular, preparada "inteli­gentemente", con gran abundancia de palabras, por los doctores de chistera y levita, genuflexos y cobardes, pedantes y miopes.
Ahora como ayer, ha de volverse hacia el Ar­tigas auténtico - sangre, nervios, huesos, barro - ­para reiniciar la. marcha y lanzarse al combate, contra los herederos del alma de aquellos que consumaron la gran traición, esa gran traición todavía victoriosa, que recurre a los mismos mé­todos, las mismas prácticas, los mismos argu­mentos y los mismos apoyos - cambian sólo las denominaciones - para derrotar otra vez al Artiguismo.
Carlos Quijano          
  MARCHA, 19 de mayo de 1961

Cuadros de Luis Ferrer, Paysandú