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DOSIER LA RED 21 : 40 AÑOS DEL GOLPE, Violaciones y abusos sistemáticos JUNIO 26 DE 2019

DOSIER LA RED 21 : 40 AÑOS DEL GOLPE                  
JUNIO 26 DE 2019

Beatriz Benzano. ex-monja, tupamara, sometida a torturas y abusos en la dictaduraLo que hicieron los militares con las mujeres detenidas fue “un crimen de guerra”, asegura Beatriz, exmonja que luego militó en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN), guerrilla urbana que se inició en la década del 60 y fue derrotada militarmente en 1972, antes que comenzara la última dictadura (1973-1985).
“El cuerpo de la mujer era usado como botín de guerra, en los cuarteles nos entregaban a la tropa para que hicieran lo que quisieran con nosotras. Y como campo de batalla, por eso lo hacían delante de compañeros o esposos”, relata Beatriz, quien estuvo encarcelada entre 1972 y 1976.
Ella es una de las 28 expresas políticas que presentaron en octubre de 2011 una denuncia contra más de un centenar de militares, policías, médicos y enfermeros que participaron de las torturas y abusos sexuales contra las detenidas.
La denuncia sostiene que las detenidas sufrieron especialmente “en su condición de mujeres”.
El ensañamiento era mayor “por el hecho de ser mujeres y por ser ellos una institución tan jerarquizada, autoritaria y machista”, sostiene Beatriz.
“No podían tolerar que nosotras nos hubiéramos salido del rol tradicional de esposas, madres, amas de casa”.
“La desnudez forzada era lo primero que nos hacían, al llegar al cuartel nos arrancaban la ropa. En esa situación de vulnerabilidad e indefensión empezaban a torturarnos y a hacer algunas prácticas de violencia sexual”, recuerda, con la mirada empañada.

Cientos de denuncias

Si bien hay unos 15 condenados en los últimos años en Uruguay por delitos cometidos durante la dictadura -entre ellos los ex dictadores Gregorio Álvarez y el fallecido Juan María Bordaberry-, todos fueron culpados por el delito de homicidio.
Con el regreso de la democracia en 1985 y la aprobación un año después de una ley que frenó las investigaciones sobre los crímenes de la dictadura, los detenidos callaron las torturas.
“Lo que hicimos fue pelear por memoria y verdad, tratar de encontrar a los desaparecidos, nos parecía que era lo más urgente”, señaló Benzano.
Luego que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenara en 2011 a Uruguay investigar y juzgar los delitos de la dictadura, las expresas evaluaron que ahora sí podían denunciar. Pero se toparon con la gran dificultad para hablar del tema.
“Hablamos con más de un centenar de compañeras, invitándolas a hacer la denuncia, algunas que sabíamos que habían sido violadas, y al final quedamos 28 haciendo la denuncia. Hay compañeras del grupo que jamás lo habían hablado con su compañero o durante 30 años de terapia no se lo habían dicho al terapeuta ni a nadie“, relata Beatriz.
Un proceso similar vivieron 90 expresos y expresas que presentaron una denuncia separada, también en 2011, por las torturas y tratos degradantes cometidos en las prisiones uruguayas, que llegaron a albergar unos 6.000 presos políticos.
También en este caso, “más allá de identificar a los responsables y castigarlos por un delito cometido, para nosotros lo fundamental es que se avance en la jurisprudencia en el país para que este tipo de delitos nunca más ocurran. Y que si ocurren, que haya instrumentos jurídicos reales y efectivos para castigarlos“, dijo a la AFP Clarel de los Santos, exdetenido y uno de los impulsores de esta denuncia.
De los Santos sostiene que “durante muchos años se negó que la tortura hubiera existido, una parte importante de la población no creyó”.
“Por eso nos parece ponerlo en el tapete: que existió tortura, que la tortura generó secuelas en una cantidad de gente que nunca pudo rehabilitarse, que en general cambió para siempre a las personas que fueron torturadas. Aunque hayan hecho esfuerzos por canalizar su vida no fue lo mismo”, enfatizó.
Beatriz coincide en que la sociedad uruguaya ha recibido las denuncias sobre torturas “con asombro, como si nunca hubieran oído hablar (de esto)”.
“Creo que también todo el mundo trató de olvidar lo peor: el horror del terrorismo de Estado”, sostiene.
“Que estaban todos los cuarteles y las comisarías del país convertidos en centros de tortura y de exterminio, con cuerpos colgados del aire, balanceándose como muñecos, desnudos siempre. Cuerpos tirados, amontonados, mugrientos, sangrientos, desfigurados por los golpes en la cara, en todo el cuerpo, en los genitales, donde se ensañaban, ultrajados, pisoteados”.
Ambas denuncias están actualmente en la Suprema Corte de Justicia (SCJ), para que el máximo tribunal resuelva si se pliega al pedido de la defensa de los acusados, que sostienen que los delitos prescribieron, basándose en un fallo emitido por la propia SCJ para otro caso este año.
Sin embargo, en estos dos casos las víctimas aseguran que seguirán adelante.
“Es urgente, no podemos dejar ese fardo a las generaciones venideras”, dice Beatriz.
“Los hijos y los nietos de ellos oyen que sus padres o abuelos siguen reivindicando lo que hicieron. El trabajo es de justicia pero también por un nunca más”.

El abuso sexual por los militares

Testimonios de ex presas abusadas sexualmente

Conozca lo que pasó

– 30 OCTUBRE 2011
Ana es militante del Partido por la Victoria del Pueblo, integra la Mesa Permanente contra la Impunidad, así como la Asociación de Ex Pres@s Polític@s del Uruguay (CRYSOL). A su vez, es una de las 28 mujeres que participa del grupo Denuncia con el cometido de acusar los abusos sexuales realizados durante la pasada dictadura militar uruguaya. Esta es su historia.
El 20 de Julio de 1972 un grupo de militares la secuestró de su casa por su vínculo con la Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales (OPR33). Allí dejaron montada una ratonera gracias a la cual fueron detenidos al otro día el diariero -se lo mostraron luego de apalearlo-, su madre, una tía, el esposo de ésta y el hijo de ambos. A partir de ese momento Ana, con 20 años de edad, estuvo desaparecida por nueve meses y presa por seis largos años.
Primero la llevaron al 4º de Caballería, luego al 9º, después a la Escuela de Armas y Servicios y por último al Penal de Punta de Rieles: en el medio tuvo una larga estadía en el Hospital Militar debido a un tratamiento que le aplicaron porque supuestamente padecía el Mal de Koch o Pot (tuberculosis en los huesos), enfermedad diagnosticada por el médico Nelson Marabotto pero que en realidad nunca tuvo. Una de las secuelas de dicho tratamiento fue una polineuritis medicamentosa con la cual convive hasta el día de hoy.
Ana acudió desde un principio al llamado que se hizo para denunciar la violencia sexual que sufrió durante el terrorismo de Estado. Tiene la fuerte convicción de que es hora de que se conozcan las atrocidades que vivieron. “Denunciamos por un compromiso moral. Yo no quiero que ésto vuelva a pasar, hay gente que vive en el limbo y no tiene ni idea de que todo ésto sucedió. También pensamos en las mujeres que siguen siendo violadas en todos los ámbitos sociales. Pretendemos que estos delitos no se sigan callando”. Mientras abraza a su nieto de tres años me mira y dice: “Pensando en ellos también, que nunca les vaya a pasar lo que vivimos nosotros”.
Violencia sexual: herramienta para torturar
El grupo denuncia que la violencia sexual fue aplicada sistemáticamente a mujeres y hombres durante todo el proceso de dictadura. La utilizaron como una herramienta para “denigrar y destruir al ser humano”.
A Ana le cuesta mucho decirme que la violaron, que fue en tres oportunidades. Todos podemos pensar que es uno de los hechos más horribles y asqueantes de su vida pero nunca vamos a poder entenderla cabalmente, y ella lo sabe. Así lo escribió en el texto de su denuncia: “Fui llevada por el Sargento Gómez a dialogar con (Gilberto) Vázquez. (…) Comenzó a tocarme y el terror se apoderó de mi ser entero. Siempre había pensado que si alguna vez estaría expuesta a eso, me defendería, lo patearía, mordería, pero no lo hice, quedé inmóvil. Recuerdo su cara déspota cuando me mandó devolver al calabozo, el tono burlón de Gómez cuando me llevaba. Desde esa noche algo se murió en mí, me sentí sucia, maldije mi género, no lograba entender por qué no me había defendido, era la peor tortura. Dos noches después se repitió la pesadilla, esa vez intenté defenderme, zafarme, le gritaba, pero no logré detenerlo”. (…) “Luego me llevaron al 4º de caballería, careos, plantones y Vázquez nuevamente, me despertaba asco, pero debo reconocer que le temía realmente. Cuando me llevaban rumbo a Punta de Rieles me preguntó socarronamente si se me había pasado el miedo, a lo que yo le contesté: ‘lo peor lo viví aquí hace unos meses’. Se burló de mí y me dijo: ‘No existieron violaciones, fue todo hormonal’. Me sentí muy mal, y me seguí torturando”.
Ana contó que no sólo abusaban de ellas sino que las molestaban: “En el noveno se quedaban nuestras bombachas como trofeo, las colgaban. A veces venían de noche y te levantaban las sábanas mientras dormías”. Lo mismo pasaba cuando las interrogaban, si no hablaban las amenazaban con llevarlas al “cuarto de las papas”. Así le llamaban los torturadores a cualquier cuarto cerrado que les permitiera abusar de sus víctimas.
El Talón de Aquiles
Los militares estudiaron para torturar, estaban preparados para ello. Sabían lo que le dolía más a cada uno, tanto en el plano físico como psíquico. El punto débil de Ana era la maternidad. Un año antes de caer presa falleció su primera hija con pocos años de vida. Se llamaba Daniela. Gilberto Vázquez se aprovechó de este hecho traumático, la amenazaba con llevarla al cementerio donde estaba enterrada su hija y abrirle el cajón, para lograr que hablara.
Usaban la maternidad en su contra todo el tiempo, tan es así que cuando se enfermó los médicos le dijeron que iba a quedar estéril. “Yo quería morirme, y algo les creí porque había leído sobre la enfermedad y sabía que era posible. Eran macabros”.
Una vez liberada, como la mayoría de los ex presos políticos, Ana siguió ligada a la represión. Quedó en libertad vigilada y debía firmar todas las semanas para comprobar su presencia en el país. El día en que debía dar a luz a su cuarta hija tenía programada una cesárea a las 16 horas. “Fui a la una a firmar y pensé que a las tres ya podía irme para el Casmu. ¿Puedes creer que me tuvieron de plantón hasta las cuatro? Estaba con mi hijo mayor que en ese momento era chico y estaba insoportable y se hizo pichí encima porque no podíamos ir al baño. Cuando vino el teniente le dije: ustedes son locos. Me dejaron ir. Cuando llego al sanatorio mi marido y la doctora estaban en un ataque”.
Para quienes luchaban contra la “subversión” que un militante fuera mujer era un “doble pecado”, lo cual se lo hacían sentir permanentemente a las presas. “Para ellos te habías rebelado frente a las leyes de la sociedad, en las cuales las mujeres están para tener hijos y cocinar. Nosotras habíamos optado por otra cosa. Nos decían: vos te lo buscaste, o te hacían sentir que te habían usado, a mí me lo decían permanentemente”, contó Ana.
Después del infierno…
El abuso, la represión y el maltrato dejaron secuelas físicas y psíquicas en las víctimas. Si bien Ana ha hecho terapia, 30 años después de lo sucedido no ha logrado abrirse, dejar de sentir culpa, inclusive llorar. “Me han pasado cosas horribles, se murieron mis padres, mi hijo tuvo un accidente espantoso y alguna lágrima se dispara pero no lloro”. Tampoco le contó a su familia cómo fue abusada. Ella piensa que sus hijos lo saben, pero nunca se lo preguntaron. “Nunca lo pude hablar con ninguna de mis dos parejas. Lo intenté muchas veces y no pude. Y con mi segundo esposo, que estuvo preso, hablábamos de la tortura física, pero de esto otro no. En un momento mi marido me llegó a decir: la guerrillera mató a la ternura. Porque yo me trababa, había una parte de mí que no quería saber nada con tener relaciones, me acordaba de Gilberto Vázquez y chau. Recién se lo pude contar a una psicóloga por primera vez en el 2009”.
“Lo que me pasó lo viví durante toda mi existencia como una culpa”. Ana, como la mayoría de las víctimas de violación, se reprocha el no haber tenido fuerzas suficientes como para defenderse. Durante los años de cárcel junto a sus compañeras, nunca lo contó. La estigmatización y el pudor con respecto a lo sucedido les impedía hablarlo. Las ganas de salir adelante y el no aferrarse al pasado también jugaron un rol importante. “Hoy me doy cuenta, gracias a la terapia, que yo no podía hacer nada en ese momento; de todas maneras hay una parte que no quiero dejar salir y todavía me hace sentir mal. Es como que lo guardé, lo cerré con mil llaves y las tiré”. Ana asegura que la culpa persiste hasta el día de hoy.
La denuncia
Con la Ley de Caducidad todavía vigente y la discusión de la prescriptibilidad de los delitos realizados durante la dictadura, muchas mujeres que tenían planeado denunciar dejaron el grupo por miedo a que sus esfuerzos y la exposición que iban a sufrir no sirvan de nada. Ana confirmó que temen ser revictimizadas una vez presentada la denuncia. “Nuestra expectativa es que sirva. La única batalla que se pierde es la que no se lucha. Además, ¿Qué ejemplo le dejamos a las nuevas generaciones sino peleamos por esto? No es justo”. También dejó en claro que si son llamadas a careos, lo van a evaluar, son conscientes de que puede pasar pero no quieren enfrentarse a eso. “A veces pienso que si lo veo (Gilberto Vázquez) lo golpeo por todos los años que me hizo sentir que una parte de mi era sucia. Él está preso pero nunca lo denunciaron por esto. Hay compañeras que les asusta eso, no los quieren ver”.
Es la primera vez que Ana se enfrenta a lo que le sucedió. Quiere gritarlo a los cuatro vientos pero todavía hay miedos que la frenan. Afirma que contarlo es como volver a vivirlo, por eso se vuelve tan difícil, por eso tantas compañeras no quieren ni pueden hablarlo, menos denunciarlo.

Florencia Pagola