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Por la vuelta - Jorge Zabalza

 Por la vuelta



Por aquellos tiempos en que tejíamos amores en los campamentos “peludos”, nos cayeron encima unas medidas prontas de seguridad. El 7 de octubre de 1965 las decretó el colegiado con mayoría del Partido Nacional, su ala “liberal conservadora” integrada por los mismos apellidos que hoy nos gobiernan. Su liberalismo nos les impidió apoyarse en la ley para instaurar un régimen de excepcionalidad dirigido a controlar las movilizaciones obreras.


Símbolo de su violencia institucional, fue la foto de Juan Carlos “Pocho” Hornos, militante del vidrio, a quien la policía colgó del arco de la cancha de “El Puente”, a orillas del Pantanoso, el emblemático “paralelo 38”. La democracia formal, burguesa y liberal, tenía peores antecedentes: en 1961 un policía enfurecido había asesinado a Walter Motta, militante sindical de la industria de la carne. Bastaba un poco de barullo obrero para que los liberales se quitaran la careta y sacaran a relucir los colmillos del poder. En esos días, el 22 de octubre, en el semanario “Marcha”, Carlos María Gutiérrez, el Negro, publicó una columna titulada “Arizaga no existe”.

Relataba en ella la detención de Julio Arizaga en jefatura de policía. El directorio de OSE había proporcionado a la policía una lista de “sospechosos” que incluía a Arizaga, por su militancia sindical, pero, también y principalmente, por ser fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Gutiérrez denunciaba que Julio había sido sometido a torturas.

La información de la policía, “veraz y transparente”, contaba que el Canario se había auto flagelado y que, posteriormente, estando internado en el Hospital Militar, atacó al custodio, le sobrevino un shock nervioso y se golpeó la cabeza contra las paredes y la tarima. En el juzgado pudieron constatar que su cuerpo y la cara estaban tapizadas con hematomas, quemaduras de cigarrillos, cortes y arañazos. El juez decretó la libertad de Arizaga, pero, apenas traspuesta la puerta del juzgado, fue nuevamente detenido y nuevamente torturado.

A Julio Arizaga no lo amparaba ninguna constitución de la república, no había ley ni habeas corpus que lo protegiera… no tenía derechos ni libertades… “no existía” para la república democrática. En “Marcha”, noviembre de 1965, el maestro Julio Castro caracterizó esas circunstancias: “reinado de los torturadores”.

El terrorismo de Estado no nació de un repollo, lo precedió una escalada de actos preparatorios, el período que los intelectuales liberales y conservadores necesitaron para fundamentar la violencia institucional. Los acicateaba la molesta sensación de que el pueblo uruguayo podía hacer una revolución parecida a la hecha por el cubano. Recién luego llegó la brutalidad descarnada.

A fines de los ’50, principios de los ’60, fueron surgiendo las teorías que postulaban una especie de “contrarrevolución preventiva” para defender la “libertad” y el Estado de Derecho. Académicos, historiadores e intelectuales liberales, orgánicos de los partidos institucionalizados, satanizaron bajo el término “antipatria” a la izquierda no institucionalizada, argumento que justificaba el recurso a la represión violenta.

Aparecieron las organizaciones del activismo reaccionario: MONDEL, ALERTA y el MEDL, todas usaban el término “Libertad” en sus siglas. Fueron el anticipo directo de la Juventud Uruguaya de Pie (JUP), fundada en 1970. Manifestaban que los asistía la razón y la fuerza, pues contaban, en especial, con el respaldo de las fuerzas armadas. Proclamaban no temer el recurso a la violencia, se preparaban para todas las formas de lucha y así irrumpió el Escuadrón Caza Tupamaros. Otra expresión de esas ideas la concretó el general Mario Aguerrondo al organizar la logia de la triste fama.

Ocho años después de la tortura impune a Julio Arizaga, las fuerzas que fue acumulando la reacción más extrema dieron su golpe de Estado. Ya contaban con las ideas y los argumentos, la organización de su militancia, el necesario apoyo electoral y habían colonizado importantes sectores de las fuerzas armadas, aspecto, éste último, en el que contaron con la invalorable colaboración de la Escuela de las Américas.

En 1985 los militares de la dictadura se retiraron de manera ordenada a sus cuarteles. Políticamente desgastados, pero no derrotados; culpables, pero sin remordimientos, intactas sus convicciones y su manera de interpretar la realidad. Conservaron tanta fuerza en lo moral y lo práctico, que los partidos políticos se sintieron obligados a conceder la impunidad. Fue el peaje que pagaron para que los milicos permitieran la restauración institucional. Wilson Ferreira Aldunate no se avino a las exigencias planteadas en el Club Naval, pero, luego, dio sus dos pasos atrás y respaldó la inmoral caducidad.

Las ínfimas mayorías electorales obtenidas en 1985 y 2009, reafirmaron el modo de pensar y de sentir de los impunes. Con la moderación la izquierda cuestionadora del sistema y del capitalismo, se transformó en progresismo, otra versión liberal, que los llevó a ser apoyo de la democracia formal y burguesa, esa que los poetas de las ciencias sociales califican de “altísima calidad”. Hoy en día el Uruguay es un “paraíso de la impunidad y de la paz entre oprimidos y opresores”, una excepción en este continente convulsionado, la rediviva Suiza de América.

De repente, el 2 de febrero del 2010, una joven mujer, jueza de Penal de 7° Turno, condenó a 30 años de prisión al golpista Juan María Bordaberry. En la sentencia, la doctora Mariana Mota demostró que el dictador era culpable de atentado a la constitución por dar el golpe, de nueve delitos de desaparición forzosa y de los homicidios políticos de Ubagésner Cháves Sosa y Fernando Miranda. Lo acusó por no haber hecho nada para impedir la muerte de 29 personas torturadas entre mayo de 1972 y mayo de 1976.

Tampoco esa sentencia histórica nació de un repollo, fue abonada con el duro batallar contra los diferentes pactos de impunidad que nos atraviesan. El dictamen hizo saltar los acuerdos explícitos e implícitos que sostenían la “muralla” de protección a los criminales. Fue un elefante que rompió la corrección política que reinaba en el bazar de impunidades. Condenar a Bordaberry por dictador significó colocar un punto final a las justificaciones para no hacer nada. Punto final a las aspiraciones “dar vuelta la página” que se esconden en los recovecos de los partidos institucionalizados. Mariana pateó el nido de la partidocracia interesada en mantener el statu quo acordado en el Club Naval. Quedó en la mira de todos, del liberalismo conservador y del liberalismo progresista. La persiguieron por igual Jorge Batlle, Gonzalo Aguirre y Fernández Huidobro (que la acusaba de haber procesado sin pruebas a su amigo, el general Calcagno). La persecución culminó con su traslado del ámbito penal al de los juzgados civiles, un acto político de reafirmación de la impunidad de los crímenes de lesa humanidad.

Nueve años después llegó el disparate judicial que condena por “atentado” una protesta pacífica, la criminaliza. Deja la sensación de que, en verdad, este período de institucionalidad republicana es, más bien, un lento transitar entre dos dictaduras, la que se retiró en 1985 y la que acecha desde los cuarteles, la que vendrá, apenas sientan que acumularon las fuerzas necesarias. Como decía Enrique Cadícamo en su tango “Por la vuelta”: “la historia vuelve a repetirse”.

Jorge Zabalza

JUAN, EL DESAPARECIDO por Jorge Zabalza

 A cuarenta años de su desaparición forzosa

JUAN, EL DESAPARECIDO
Tupamaros!


Noviembre de 1968. A dos meses del regreso al Uruguay, del encuentro con mi hermano y de varias idas y venidas, se produjo el contacto con Rufo: me comía la ansiedad por internarme en el torbellino de una vez por todas y, por fin, llegó el esperado momento.
Bajé del trolebús en Pirineos y caminé hacia Veracierto, hasta la esquina del local del Congreso Obrero Textil. Allí estaban el Rufo y tres compañeros. Charlaban despreocupados. Al ‘Chongo’ José María Olivera y el ‘Gaucho’ Alvear Leal los reconocí al toque de los campamentos de UTAA. No recordaba haber visto al tercero, cosa nada rara, pues Félix Maidana Bentín tenía la virtud de pasar desapercibido, perfil bajo que le dicen ahora. Su seudónimo ‘Juan’ caía como anillo al dedo a su característica humildad.
Aquello parecía una asamblea. “Se me apelotonaron los contactos”, decía Rufo, quien gustaba burlarse de sus propias desprolijidades. Esperé a una distancia prudencial, hasta que, a una seña suya me acerqué. El Chongo y el Gaucho se fueron. Con tono casual, pero midiéndome la nafta, el Rufo me preguntó cuando podía viajar al norte. Me salió un ‘ahora mismo’ que Juan recibió con una de sus estentóreas carcajadas. La risa parecía explotar en la máscara de adusta seriedad que siempre llevaba puesta. Quedó estipulado que debía cumplir el ritual de mi iniciación bajo la atenta y desconfiada mirada de Félix Bentín, como lo conocían en Bella Unión.
Pocas horas después subimos al tren en Estación Sayago, Juan me dejaría en Parada Cuaró y seguiría hasta Artigas, a esperar a Atalivas Castillo, que salía en libertad en esos días. En el portaequipaje de un camarote, que pagamos pero que no utilicé por precaución, viajó solitaria una mochila con panes de gelignita y dos revólveres. Nos turnamos para vigilarla cada tanto. Estuvimos casi veinticuatro horas, uno frente al otro, sin cambiar palabras. Alguna charla que quise iniciar apenas recibió un gesto adusto por respuesta, el silencio era un modo de ser en Juan.
La gelignita era parte de los doscientos quilos expropiados del polvorín de la empresa que construía la ruta 26 y que, como no le encontramos uso político, se echó a perder escondida en un berretín. La noche del hecho, Juan llevó pintura para dejar una estrella y una ´T´, pero, en el momento de colocar la firma tupamara, el pincel se le resbaló y escribió ‘¡Tierra!’, el grito de guerra de los ‘peludos’. La fotografía de la firma ganó las tapas de los diarios.
Al igual que varios pequeños grupos de militantes de aquellos años, Juan entendía que la lucha sindical, sus asambleas, reivindicaciones públicas y reclamos jurídicos no se contradecían con las marchas y campamentos, las ocupaciones de los lugares de trabajo, y que, además, las medidas legales no excluían la actividad clandestina y armada. Me llevó años aprender que la lucha tenía dos caras -movimiento de masas y movimiento revolucionario- pero era una sola, que hacer la revolución no se agotaba con la formación de un aparato clandestino para realizar las operaciones militares más audaces. Que el método guerrillero era apenas un método para despertar y congregar. Ese período de la doble militancia fue la más rica del movimiento tupamaro y también la menos conocida. Está esperando todavía que se escriba su historia.
Anecdotario
En Cuaró no había nadie esperando. Era posible que algo hubiera ocurrido al contacto y trepamos al tren en el momento que partía. Llegamos a Artigas esa noche. De haber viajado solo, Juan habría pasado la noche a la intemperie, pero por gentileza con el novato, fuimos hasta una pensión cercana.
El dueño olió algo sospechoso y avisó a la policía. Descubrí dos milicos, golpeando la puerta del baño donde estaba Juan. La primera reacción fue mandarme una de cowboy, pero abrí la ventana y escondí los dos revólveres y la gelignita en el pretil. Cuando vinieron a buscarme, estaba acostado, dormitando. Revisaron el cuarto. Fuimos caminando hasta la comisaría, los policías conversando animadamente y nosotros arreglando la coartada.
Félix mostró una arrugada credencial a nombre de Juan Espósito, hice lo mismo con mi cédula de identidad, pero la entregué metida dentro del carné de senador de mi padre, el manto protector que usábamos con mi hermano. Saqué además unas carpetas con datos de dos estancias que venía a vender en Artigas, actividad legal con la que intentaba encubrir la clandestina. Les di el teléfono de la escribanía de mi padre para que confirmaran. Al rato, llegó Riani, el jefe de policía. Nuestro relato era breve, nos conocimos en la cantina del tren, tomamos algo y decidimos quedarnos en la pensión … ¿cuál era el delito? Juan permaneció mudo, como ensimismado. Finalmente, luego de un par de horas de espera -para averiguar si estábamos requeridos, por supuesto- nos dejó ir y, de cierta manera, nos ‘expulsó’ del pueblo, orden que obedecimos sin chistar y partimos en el tren de la mañana siguiente.
El viaje de regreso fue muy diferente al viaje de ida. En un ataque de locuacidad, Juan me explicó que no estaba inscripto en el registro civil, que no existía legalmente, de manera que la credencial falsa era su única identificación formal. Contó que no sabía si era argentino, uruguayo o brasilero, creía haber nacido en un bote en 1940, en la barra del Cuareim al desembocar en el Uruguay . A los seis años ya estaba ayudando a cortar caña. No pudo ir a la escuela, aprendió a leer y a escribir en el sindicato y, años después, continuó estudiando en Punta Carretas. Lo puse al tanto de la parte de mi historia de vida que había quedado en evidencia con la policía de Artigas. Luego, charla incontenible, temas diversos.
Bajamos del tren en Paysandú, Juan ya no recelaba de mi facha universitaria y yo había hecho amistad con uno de los más admirables revolucionarios de los ’60. En la estación las tapas de los diarios estaban encendidas: la policía había detenido al Beto Falero, Falucho Bassini, Pedro Dubra, Aníbal y Líber de Lucía, Jesús Rodríguez y al Gaucho Leal. Raúl había zafado por muy poco, Tremendo golpe a los tupamaros. Compré un diario y seguimos caminando. Juan me dejó con dos sanduceros y se fue a dar una mano en Montevideo. Mi debut había sido bastante agitado.
Itacumbú
(…) “nos abrió los ojos. Nos explicó nuestros derechos y gracias a él nos agremiamos y presentamos a los gringos nuestros reclamos. Fuimos tratados con desprecio, como en tiempos de los esclavos. No hubo ningún arreglo y nosotros los cañeros, los ‘peludos’, como nos llamamos, fuimos con Sendic a la cabeza a acampar a los montes de Itacumbú, cerca de las azucareras, bajo carpas de ramas, bajo la lluvia, con nuestras familias”. (…) “pero no fuimos a escondernos al monte, sino que, desde nuestro campamento, con la ayuda de Raúl Sendic, reclamamos nuestros derechos con más energías” . El rumbo de la vida de Félix Maidana Bentín y de un numeroso grupo de trabajadores de la caña de azúcar, había cambiado para siempre a principios de los ’60, dejaron de aceptar pasivamente las condiciones de vida y trabajo a las que estaban sometidos y dieron sus primeros pasos en la lucha sindical. El puntapié inicial fue esa llegada de Raúl Sendic, socialista, procurador, que en la interacción con los ‘peludos’ fue creciendo como luchador social y radicalizando su visión política.
Cercado por el ejército y presionado por el Ministro de Interior, el campamento de Itacumbú (1962) fue tremenda experiencia educativa, un montón de ‘peludos’ tomaron consciencia de sus derechos y aprendieron que vale la pena luchar.
La fundación de UTAA, la toma de CAINSA, los más de 200 peludos que ‘bajaron’ a Montevideo para el 1° de mayo, la toma e incendio de las oficinas de la CSU, la central amarilla, la prisión en la cárcel de Miguelete, el ómnibus detenido por la policía al regresar de Bella Unión. En el año 1962 la lucha de los cortadores de caña hizo conocer su situación miserable, que desmentía la leyenda del país de las vacas y las clases medias gordas, del Uruguay Batllista.
Julio Vique, Severiano Peralta, Atalivas Castillo, Nelson Santana, Dorimel Bonetti, Carlos ‘Serpiente’ Silva, la Chela Fontora, Eduardo Gallo, Ary Severo Barreto, Jorgelino Dutra, José María Olivera, Antonio Bandera, Walter González, Anacleto Silveira, Juan Carlos Ledesma Rodríguez, Edelmar Ribeiro Alvear Leal y una cantidad de otras y otros que contaron con el apoyo incondicional de sus familias, de la ‘China’ Gómez, de ‘Colacho’ Estévez, el ‘Flaco’ Rodríguez Beletti, el ‘Viejo’ Andrés Cultelli. El proceso de radicalización fue seleccionando el núcleo más comprometido que, como consecuencia de su experiencia en la lucha de clases, se harían socialistas, comunistas y tupamaros. Inmerso en la marejada, Félix Bentín representó como nadie ese proceso de transformación en un ser colectivo y de escapar al corral individualista donde el lobo los tenía encerrados para comerlos mejor.
“Hay que armarse pa’ luchar”
“Estamos dispuestos a combatir a la burguesía en el terreno que ella elija. Si nos dan palos, devolveremos los palos; si nos dan bala, devolveremos bala”, palabras de ‘Colacho’ Estévez en el acto del 1° de mayo de 1964 en Montevideo, expresaba el sentimiento de los militantes nucleados tras las marchas y los campamentos de los ‘peludos’. Ana María Silva, enamorada con Juan, había quedado renga al ser herida por un balazo de la policía mientras estaba en el campamento.
Desde Itacumbú se tenía bien claro que nada se podía esperar de las instituciones democráticas, la fortaleza desde donde la burguesía bombardeaba a los trabajadores. La democracia burguesa contiene gérmenes de fascismo bajo su careta de respeto a los derechos y libertades de los ciudadanos . La burguesía desecha derechos y libertades y arrolla sin escrúpulos a trabajadores, jubilados y estudiantes. Toma la iniciativa de violar violentamente su propia legalidad, interrumpir el tránsito pacífico de las luchas y recurrir a las instituciones armadas, en las calles y en las salas de tortura.
Si se los permitieran, los sometidos desearían crear su mundo de libertad y justicia social mientras toman mate en la cocina, emplear la violencia nunca fue ni será una opción suya. Los sometidos sólo pudieron elegir la respuesta que daban a esa violencia institucionalizada, entre poner la otra mejilla al golpe recibido o cerrar los puños para defenderse.
Al año siguiente, 1965, se quemaron varias chacras de caña prontas para cortar, propiedad de plantadores que se negaban a pagar mayor salario y retardaban el comienzo de la zafra. La presencia de Juan, que vivía en los montes con él, confirmaba el consentimiento de Raúl con esa metodología de lucha. El resultado fue que los plantadores debieron apresurarse a contratar cortadores para que no se les echara a perder el contenido de azúcar. La acción directa sindical daba resultado.
A consecuencia de la expropiación del Tiro Suizo -31 de julio de 1963- se desató una campaña contra el sindicato. Todos fueron sospechosos de colaborar con Raúl Sendic que, requerido por la policía, debía moverse en la clandestinidad. Durante años Severiano Peralta y Juan acompañaron a Raúl en la vida matrera por montes y sierras. Atravesaron la frontera con Rio Grande do Sul, se instalaron en una casa de Uruguayana, que se convirtió en centro de sus andanzas. Para protegerse de la persecución policial, los compañeros de Montevideo les hicieron llegar algunas viejas y casi inservibles pistolas Mauser. Con ellas, la noche de fin de año expropiaron algunos fusiles de la Aduana de Bella Unión. ‘Hay que armarse para luchar’ no era sólo letra hueca, era la respuesta a una realidad particular y contundente, que llenaba de contenido práctico el significado del término ‘autodefensa’.
El sindicato ocupó la Azucarera Artigas. Sospechando complicidades, el ejército rodeó los galpones en busca de las armas expropiadas y la policía llevó presos a muchos ‘peludos’ que nada tenían que ver. La reacción empujaba la radicalización de los reprimidos injustamente. Una vez desocupada la Azucarera, UTAA organizó la segunda marcha a Montevideo, esta vez bajo la consigna ‘por la tierra y con Sendic’, reclamando la expropiación del improductivo latifundio de Silva y Rosas y su entrega a una cooperativa de ‘peludos’. Luego de algunas peripecias llegaron a Montevideo el 31 de marzo de 1964 y acamparon en varios locales de sindicatos urbanos.
Después del 1° de mayo, apremiados por la necesidad de fondos para respaldar la lucha sindical, Vique, Santana y Castillos asaltaron la sucursal del Banco de Cobranzas ubicada en Rivera y Arrascaeta. Se les escapó un tiro y los tres miembros de la dirección de UTAA marcharon presos. El sindicato quedó nuevamente bajo sospecha, con un flanco abierto a los ataques de la prensa y de los parlamentarios reaccionarios. El asalto fracasado obligó a discutir en qué lugar se ubicaba el movimiento de masas con relación al movimiento revolucionario. Era evidente que el trasiego de luchadores sociales hacia la actividad clandestina debilitaba la lucha del sindicato. Lo clandestino no debía ser un obstáculo para la acumulación de fuerzas en las masas, por el contrario, se trataba de combinar las formas de lucha pública y legal con las clandestinas e ilegales, no de oponerlas excluyendo una u la otra. La postergación por tiempo indefinido de esa discusión fue el caldo donde crecieron las desviaciones militaristas y aparatistas que condujeron a la derrota del movimiento guerrillero.
“Al caer la tarde de aquel día 13 de diciembre, dejamos la costa uruguaya y atravesamos el Uruguay. Ya en tierra argentina, comenzamos a caminar por otra zona de montes tupidos hasta que, al cabo de avanzar algunas horas en la oscuridad, nos internamos en un vasto pantano. Intentamos atravesarlo, pro caminamos toda la noche sin conseguir el objetivo. Volvimos, y ya de día, al arribar a la costa del río Uruguay, encontramos que nos faltaba la embarcación. Agotados, nos echamos a dormir sobre la misma costa, pero cerca del mediodía nos despertó la clásica voz ‘¡Manos arriba, nadie se mueva!’. Estábamos rodeados por una patrulla de la marina argentina con máuseres y ametralladoras. Antes de examinar nuestro equipaje, sus integrantes ya nos dijeron ‘ustedes son guerrilleros’. De ahí en adelante, y en todos lados, nos recibieron como a los guerrilleros que estaban esperando y cuya llegada les parecía obvia, inminente, normal. Creo que nunca han desembarcado guerrilleros en la Argentina, pero en Argentina están esperando a los guerrilleros” .
En esa expedición medio aventurera tras unas armas presumiblemente enterradas en los montes de la vecina orilla, cayeron presos Raúl Sendic, Félix Maidana Bentín y Anacleto Silveira. En un primer momento los interrogaron en Monte Caseros, vecina de Bella Unión, luego los trasladaron a Paso de los Libres. La cancillería uruguaya dejó expirar el plazo para iniciar los trámites de extradición y el Partido Socialista depositó la fianza que pedía la justicia argentina. Sendic fue dejado libre, caminó entre fronteras para reaparecer en un campamento peludo en el Cuaró, desde donde agradeció a José Pedro Cardoso y escribió el artículo para ‘Época’. Anacleto y el Juan fueron dejados en libertad dos o tres semanas más tarde.
La columna N°7
A mediados de diciembre de 1968 echó a andar la columna ‘del interior’ del MLN (T) en un ‘taller mecánico’ de la calle Vilardebó. El Rufo convocó una especie de consultivo al que fueron Félix Bentín, José María Olivera, Nicolás Esteves, Lucas Mansilla, Diego Piccardo y yo. También estaba Atalivas Castillo, que recién había salido de la cárcel y que, sin dudar un segundo, se reintegró de inmediato. Se constituyó el primer comando y se distribuyeron las responsabilidades. Juan y el Chongo quedaron a cargo del ‘14’, un rancho ubicado en un asentamiento de Colonia Nicolich, al que se llegaba recorriendo un estrecho sendero y eludiendo los ranchitos linderos. Una pieza sola, hecha con cuatro palos a pique, paredes de caña y nylon y techo de paja, pero ofreció refugio seguro en situaciones apremiantes. La columna inició su veloz carrera para levantar la infraestructura necesaria para acciones de finanzas, pertrechos y propaganda armada.
Una medianoche de verano, en una Kombi recién pintada y con matrículas falsas, con Juan nos tocó transportar la artillería para el asalto al Casino San Rafael. Atravesábamos la ciudad de Pando por la ruta 8 vieja cuando detrás nuestro, sorpresivamente, apareció un vehículo a toda sirena. Susto mayúsculo, apreté el acelerador todo lo que permitía la planta urbana. Apenas pasamos el hospital desaparecieron las luces multicolores, ¡era una ambulancia! Recién ahí pude respirar tranquilo y me di cuenta de que Juan, ventana afuera e imperturbable, estaba apuntando una PAM .45 hacia el supuesto patrullero. Su firmeza y decisión eran de leyenda.
Una vez fuimos a relevar la costa frente al San Rafael. En la tupida franja de tamarices buscamos un refugio por si las cosas no salían bien. Repleta de bañistas, la playa Brava era otro mundo, el de los bikinis y las largas cabelleras rubias o teñidas de rubio. Seguramente pasaron por su imaginación caras sufridas y manos gruesas, mujeres peinadas a la que te criaste, agobiadas por el trabajo y la crianza de sus hijos, sin tiempo para descansar y sin necesidad oscurecer la piel al sol. Con su expresión más pétrea, Juan susurró “a estas gringas habría que cortarles el pelo y empujarlas al mar con tractores y bulldozers para que se vayan a Miami”. Odio de clases puro y duro. Debí pasar muchas cosas, sufrir mucho, para llegar a odiar con la pureza y profundidad que odiaba Juan.
Por suerte el asalto salió mejor de lo previsto. Después de evacuado el grupo hacia Montevideo, quedamos cuatro en la casita alquilada para base de operaciones. Enterramos los pesos e hicimos un paquete con los dólares. Debíamos esperar el día siguiente para ‘sacar’ al Rufo y los dólares de la zona. Cuando quisimos acordar, después de comer un buen pedazo de matambrillo y tomar un vino, nos pusimos a jugar un partido de cabeza. Atalivas y Juan contra el Rufo y yo. Cada gol se festejaba con euforia y en cada festejo se disolvían ansiedades y nervios. La pelota era el paquete de dólares.
No sólo en San Rafael estuvo Juan. También le tocó la transmisión por Radio Sarandí, el allanamiento a la casa de un ministro de Pacheco, el desarme de los policías de guardia en el diario ‘Acción’, la toma de Pando, el secuestro de Pellegrini Giampietro -al que trasladó en carro y caballo hasta el ‘14’- y la toma del cuartel de la Marina sin disparar un solo tiro.
Miles de policías de la Guardia Metropolitana y de Investigaciones rastrillaban la ciudad entera en busca de las pistolas, los fusiles y las granadas expropiadas a la Armada. El 31 de mayo de 1970, después de un tiroteo, capturaron a José López Mercao y Félix Bentín en el barrio de Manga. Cuando un milico quiso rematar al ‘Negro’, el balazo le perdonó la vida, aunque le rompió el maxilar. Miguel Ángel Benítez, subcomisario que luego integró al MLN, gritó ‘este hombre ya está muerto’ para que lo oyeran los demás y dejaran de disparar. También malherido, a Juan le sacaron un ojo de un culatazo. Ambos fueron enviados al Hospital Militar y luego a Punta Carretas, donde llegaron en un estado deplorable que causó indignación general. La prensa denunció el atropello gratuito.
Juan anduvo mucho tiempo con la vista que le lloraba, usaba unos lentes negros que le quedaban grandes y se le caían. Debía caminar medio de costado. Gestiones del Comité de Familiares lograron que le colocaran un ojo de vidrio. A un año y poco de haber sido capturado, Juan salió en libertad; como era la costumbre de Punta Carretas, antes de irse recorrió las ventanillas de las celdas, despidiéndose de los compañeros. Para muchos fue la última vez que lo vimos… hasta hoy extrañamos a Juan, compañero querido, tan visible para nosotros como invisible para el público en general.
El terrorismo
Juan quedó detenido bajo el régimen de las medidas prontas de seguridad en el CGIOR – allí festejó la fuga de Punta Carretas- y no le quedó otro remedio que optar por la salida a Chile. Andes de por medio sufrió las noticias de muertes, torturas y del espíritu de rebeldía contra el desenlace inevitable. El 1° de setiembre de 1972, cuando oyó de la captura de Raúl Sendic –‘soy Rufo y no me entrego’- supo que el MLN (T) estaba derrotado, pero, no por ello, abandonó la lucha. Sin muchas palabras siguió firme en su lealtad y convicciones.
Hay quienes recuerdan a Juan en las montañas chilenas, instruyendo postulantes a guerrilleros rurales en los campamentos. De caminante por los montes del norte, Juan pasó a trepar las alturas andinas, pero, seguramente, los principales valores que transmitía no tenían que ver con la preparación física, sino con su modo de ver y de sentir el mundo. Desparramada la militancia por Chile, Argentina, Cuba y Uruguay, me ha sido difícil seguir la trayectoria de Juan en el exilio.
Antonio Bandera, Atalivas Castillo, Walter González y Félix Bentín integraban la ‘tendencia proletaria’, impulsada por Andrés Cultelli, Pedro Lerena, José Luis Urtasun y otros. En octubre de 1974, los ‘cuatro peludos’ fueron designados dirección política del MLN(T) en el Comité Central realizado en Buenos Aires. Casi que de inmediato, Juan partió hacia las provincias del litoral norte argentino y se sabe que en su excursión llegó a Bella Unión. Quería revertir el desánimo, traducía en hechos sus definiciones, sabedor de que, sin práctica revolucionaria la teoría se convierte en devaneo intelectual y doctrinario.
Meses más tarde Félix Maidana Bentín estaba en la Argentina. La última vez que se lo vio con vida, según declaró Miriam Proenza a organismos de derechos humanos, fue el 11 de agosto de 1978, reunido con María Rosa Silveira e Ignacio Arocena en una confitería céntrica.
Entre la navidad y la noche de fin de año de 1977, fueron capturadas Aída Sanz y su madre, Carmen Fernández, junto con Atalivas Castillo, Natalio Dergan, Miguel del Río, Eduardo Gallo, María Asunción Artigas y su esposo Alfredo Moyano. Todas y todos desaparecieron desde entonces.
También atraparon otro grupo de militantes en ese diciembre del 77: Marta Severo y su esposo Jorge Martínez, Carlos Severo (adolescente), Ary Severo y su esposa Beatriz Anglet. Todas y todos fueron desaparecidos
Fueron operaciones criminales del ejército uruguayo en territorio argentino, el Plan Cóndor. No se ha podido determinar exactamente si los condujeron al Pozo de Quilmes o los trasladaron clandestinamente a Montevideo.
El 13 de agosto de 1978, Juan fue aprisionado en la estación de González Catán, en la Matanza, donde termina el ferrocarril Belgrano, al oeste del Gran Buenos Aires. Se tirotearon con la represión para eludir el destino que los esperaba, que obligaba a elegir entre morir en combate o en la sala de tortura. Con Bentín cayeron presos Ignacio Arocena, José Luis Urtasún y María Rosa Silveira.
Desaparecidas y desaparecidos. Asesinadas y asesinados. Violadas y violados. Torturadas y torturados… sobre esos cadáveres y dolores se construyó el presente. ¿Habrían sido posibles un Mujica, un Tabaré o un Astori sin esa acumulación política? ¿Sin esas ausencias podrían ser los Caggiani, Nopitchs, Bergaras y la Arismendi? ¿Los Nin Novoa, Lucía Topolanski y Bonomi? ¿Serían candidato a qué Murro y Cosse hoy día?
Olvidar y perdonar fue el precio del permiso que compró esta ‘nomenklatura’ a sus torturadores, pero los olvidados no perdonan, interpelan a los que olvidaron y perdonaron, no los dejan reposar en las almohadas. El olvido es transitorio, la victoria del terrorismo de estado es efímera, apenas un episodio en la historia… no están condenados irremediablemente, siempre surgirán los Félix Maidana Bentín, los juanes que llamarán a luchar por un mundo para los trabajadores, a sepultar esa opresión y esa injusticia que parecen eternas.
Juan transitó desde la lucha por salario y mejores condiciones de trabajo a la batalla por transformar la sociedad, por crear un mundo de justicia social, igualdad y trabajadores libres de alienación. Su historia de vida estuvo abrazada con la de Raúl Sendic y con la de los ‘peludos’, fue parte de la montonera que organizó UTAA y, luego, sus definiciones personales lo llevaron al movimiento tupamaro.
¡Por Verdad y Justicia!
¡Félix Bentín presente!
Jorge Zabalza

“POR LA TIERRA Y CON SENDIC”


“POR LA TIERRA Y CON SENDIC”


Ayer, nomás, los peludos de UTAA bajaron a Montevideo con su reclamo de expropiar (sin indemnizar) las 33.000 hectáreas de Silva y Rosas, un latifundio improductivo que pensaban transformar en plantación cooperativa de caña de azúcar. Parece mentira, pero fue ayer nomás que esos campamentos nos cambiaron la vida a toda una generación, la del Ché Guevara.

Pocos días atrás, convocados por la Mesa Nacional de Colonos, AFINCO (gremio de los trabajadores del INC) y la Mesa Intersindical de Bella Unión, se reunieron unas 80 personas en la chacra cooperativa “15 de enero”. Como el grupo de oligarcas que nos gobierna se propone desmantelar el Instituto Nacional de Colonización (INC), los allí reunidos discutían cómo organizarse para defenderlo.

Entendieron que era buena cosa rodear el parlamento los días 12 y 13 de octubre, momento del senado para votar el artículo del presupuesto que desfinancia el INC. Convocaron entonces a reunirse en “fogones artiguistas” al costado del Palacio Legislativo. A los convocantes se suman varias organizaciones más, las que representan la Nación Charrúa, a los afrodescendientes, productores ecológicos, aspirantes a colonos, sindicatos de trabajadores rurales, asalariados con tierra de Bella Unión, estudiantes, cooperativistas de FUCVAM. La concentración coincide con la convocada por el PITCNT en la plaza 1° de Mayo. 

Al igual que en 1964 me propongo acudir al llamado de lucha por la tierra, como también habré concurrido el martes por la mañana al Canal 10 junto a los que luchan por un Canelones libre de soja transgénica. Así comenzó aquella historia reciente, la que aún sigue corriendo.


¡¡ Tierra!!

Una vez más emergió la cuestión de la tierra. Desde que los malos europeos la robaron a mano armada, el modelo “tierra para quienes la trabajan” enfrenta el modelo “tierra para los pocos y privilegiados”. La lucha entre ambas formas de producir estuvo en el origen del Uruguay como república independiente. Los peores americanos pensaban, según Isidoro de María, que los pueblos indígenas “no eran capaces de comprender todos los beneficios que resultaban de la conquista y por eso luchaban contra los invasores”. Por eso impidieron recuperar su territorio a los pueblos originarios, los privaron del espacio propio, donde desarrollar sus autonomías y sus culturas. 

José Artigas veía el problema desde el ángulo opuesto. Escribió al gobernador de Corrientes: “Recordemos que ellos tienen el principal derecho y que sería una degradación para nosotros, mantenerlos en aquella exclusión vergonzosa que hasta hoy han padecido por ser indianos”. Esa visión, Artigas la puso en práctica el 10 de setiembre de 1815 con su Reglamento de Tierras: la cuestión indígena se resolvía restituyendo la propiedad a los guaraníes, los charrúas y los negros, a los más infelices deambulaban por campos ajenos. Luego de la “independencia”, el genocidio riverista hizo del Uruguay un territorio libre de poblaciones originarias y los genocidas pudieron apropiarse de los latifundios, del puerto y de los cargos en el aparato burocrático.

Ocupar, ocupar y ocupar

Ciento cincuenta años después, el viejo modelo artiguista resurgía con el programa del Congreso del Pueblo. La Reforma Agraria se volvió el nudo de las más sentidas aspiraciones populares. Consigna de la rebelión peluda, la bandera de UTAA lucía el “tierra para el que trabaja”. En todo el espectro partidario, desde Wilson Ferreira Aldunate a la izquierda que se preciaba de revolucionaria, se coincidía en la necesidad de cambiar la estructura de propiedad de la tierra. Hablar de reforma agraria fue muy natural en aquel Uruguay sesentista. Los que empuñamos un arma, en busca de la palabra justa, la encontramos en el grito “Por la Tierra y con Sendic”, síntesis cañera del espíritu que reinaba. 

En 1985, al regresar a los cuarteles, la dictadura nos dejó el 8% de la tierra bajo propiedad de capitales extranjeros, porcentaje que el movimiento popular consideró escandaloso. La pérdida de soberanía por la extranjerización de la tierra fue uno de los ejes críticos del discurso de la izquierda. Sin embargo, pese a los esfuerzos de algunos sindicatos y sectores minoritarios, fue imposible reinsertar la reforma agraria en los programas del PITCNT y del Frente Amplio. Se negaron los que marchaban hacia la moderación y el liberalismo.

Actualmente, casi sin ninguna oposición, los capitales extranjeros han llegado a ser propietarios del 50% del territorio nacional. La cifra indica el grado en que el Uruguay ha perdido independencia y ha sido insertado en la economía mundial como productor de materias primas. El proceso de recolonización ocurrió ante la pasividad y el desinterés del movimiento obrero, con la complicidad de los tres partidos que fueron gobierno luego de la dictadura cívico militar. 

La tierra es el único recurso natural con que cuenta nuestro pueblo para alcanzar la justicia social. Con su plan de lucha por la tierra y contra la pobreza, Raúl “Bebe” Sendic supo unir los problemas de la marginación social con el cambio en la forma de hacer producir la tierra. La cuestión social se resuelve aboliendo el latifundio y poniendo en práctica el “tierra para el que trabaja”, transformando el modo de hacer producir la tierra y distribuir sus productos.

La tierra, sin embargo, continúa inaccesible para el marginado y empobrecido, para el que enriquece con su trabajo a los latifundistas locales y extranjeros… ¿ocupar, ocupar y ocupar será la única forma posible?

El 12 de octubre, fecha luctuosa para el pueblo indoamericano, nos vemos alrededor del parlamento para manifestar nuestro deseo de “tierra para el que trabaja”. 8 de octubre de 2021


Jorge Zabalza


“El dinero es libertad acuñada”, sentencia de Fiódor Dostoievsky, ruso él, pero que, no por ello puede ser acusado de comunista. 
Son más libres aquellos “malla oro” que disfrutan de capitales más grandes, evaluaba el extraordinario escritor, la libertad como una función de la riqueza

EL RETORNO DE LOS BRUJOS - Jorge Zabalza

 A Juan Carlos “Pocho” Hornos.

EL RETORNO DE LOS BRUJOS



El rumor venía de la Avenida Paulista, fue trepando paredes arriba el Instituto del

Cáncer del Estado de San Pablo (ICESP) y, finalmente, sacudió la salita de cuidados

intermedios. Al entreabrir Veronika el ventanal, los pasos y las voces se hicieron

tromba ensordecedora, amenazaban voltear árboles, destruir edificios e inundar las

calles. Un huracán social y político.

Frente a la camilla, el televisor pasaba revista a las pancartas, unas exigían el

impeachment de Dilma, otras acusaban de corrupción a Lula y su Partido dos

Trabalhadores, pero la cámara se detenía, con deleite, en aquellos caminantes que

pedían un golpe militar. El fenómeno se reprodujo en 150 ciudades del Brasil. Era el

“retorno de los brujos”, ensayo de Jacques Bergier, uno de mis favoritos en la cárcel de

Punta Carretas.

En su mayoría lucían piel y rasgos blancos, pero, como decía Pedro Archanjo, eso no

quiere decir nada en Brasil, donde la “pureza de sangre” es un absurdo genético. Es

cierto que los invasores europeos deseaban preservar la palidez de sus pieles y

levantaron barreras para aislarse de las oscuras. Sin embargo, la supremacía blanca

que bajó de los barcos, murió en las noches de cama tropical y terminó en infecundo

onanismo ideológico. Los colores oscuros son los dominantes en la actual lndoamérica,

Mestiza y Colonizada.

En función del lente que medía, el conteo de los manifestantes variaba de uno a más

de dos millones de personas. Marchaban por la Paulista ciudadanos de clase media

para arriba: las tres cuartas partes con estudios universitarios y más del 80% habían

votado a Aecio Neves en el 2014. Estaba presente todo el espectro que va del centro a

la extrema derecha, el que sostiene los negocios de los dueños de Brasil, o sea, en

lenguaje más prosaico, los mayordomos y el personal de servicio que, en territorio

brasilero, vigilan la reproducción del capital mundializado. Era un uppercut de derecha,

directo al mentón.

Dilma

A Dilma Rouseff la sometieron al “pau de arará” y otras ingeniosas formas de torturar

que usaron los militares brasileros, ingeniosos innovadores en la materia. Una vez

salida de la cárcel se licenció en economía, enterró sus rencores y se fue

desprendiendo de su pasado guerrillero. Amnistiada por la dictadura, apretó el botón de

reinicio y se incorporó al laborismo de Brizzola, otra víctima del militarismo. En los ’90

integró su gabinete en Río Grande do Sul. Primeros pasitos por los senderos

institucionales, aquellos que había desechado en los sesenta.

Una década más tarde, Dilma se sumó al Partido dos Trabalhadores, que había

irrumpido con fuerza en el escenario político de Brasil. Integró el primer gobierno de

Lula Da Silva (2003) en la gestión de Petrobras y Electrobras. Pudo sortear indemne el

“mensalao”, o sea, las denuncias sobre las “mensualidades” que recibían los

parlamentarios opositores para levantar la mano a favor del gobierno. El escándalo

había involucrado los cuadros del Partido de los Trabajadores (PT), especialmente a


José Dirceu y Antonio Palocci, dos posibles herederos de la corona encarcelados por

corrupción. No corromperse fue la proeza que fortaleció la imagen pública de Roussef y

la impulsó electoralmente.

Lula

Lula había sido derrotado por Collor de Melo en 1989 y, en las dos elecciones

siguientes, le ganó Fernando Henrique Cardozo. Para salir de perdedor creyó

necesario buscar aliados en la derecha para cambiar la correlación entre los partidos.

En las negociaciones terminó de candidato a la vicepresidencia José Alencar, ligado a

las organizaciones empresariales y muy liberal. Al mismo tiempo, Lula designó ministro

de economía a Henrique Meirelles, otro liberal, que estaba ejerciendo la presidencia del

Banco de Boston de los EE. UU. Alencar y Meirelles ofrecían garantías de moderación

en la política económica de un posible gobierno de Lula. Fueron designaciones

definitorias, marcaron el comienzo del cambio ideológico del Partido de los

Trabalhadores, el abandono de la marcha hacia la tierra prometida por la izquierda:

superar y transformar el capitalismo.

La fortaleza del Partido dos Trabalhadores radicaba en sus bases populares, en los

millones de víctimas del Brasil colonizado, cuya necesidad de justicia social era mucho

más que un vano discurso electoral: la necesidad de transformar la sociedad surgía de

su forma de existir. Lula cambió la perspectiva transformadora y se aboco a solucionar

el estado de emergencia que vivía el pueblo brasilero. Por consiguiente, desde que

llegó al gobierno implementó políticas dirigidas al crecimiento del poder adquisitivo del

salario y a empujar los sectores marginados y excluidos por encima de la línea de

pobreza.

Lula designó a Dilma como jefa de gabinete en lugar del defenestrado Dirceu. Quedó

identificada con el plan “fome zero”. Fue la “madre del PAC”, el Programa de

Aceleración del Crecimiento: los fondos públicos aportarían 250 millones de dólares

para incentivar las inversiones privadas en un plan de obras de infraestructura: rutas,

saneamiento, puertos, vías ferroviarias y un largo etcétera. También gestionó el

programa “Mi Casa, Mi Vida”, que prometió subvencionar la construcción de hasta 3

millones y medio de viviendas para sectores de bajos y muy bajos recursos. Decía

Dilma, “cuando uno construye una casa, un conjunto residencial, se necesita ladrillos,

arena, cemento, aluminio…quien produjo esos materiales contrató a personas, creó

puestos de trabajo, pagó sueldos, se generó ingresos e hizo girar la rueda de la

economía” … la rueda que genera plusvalor para el capital.

Los límites

El Partido dos Trabalhadores sacó de la invisibilidad la pobreza. Se propusieron una

serie de reformas para erradicarla, pero, por supuesto, para evitar fricciones con los

aliados, sin tocar el carácter capitalista de la sociedad. Capitalismo sin pobreza es la

expresión que resume la concepción progresista, pero, al mismo tiempo, es un

contrasentido absoluto: mientras continúe reproduciéndose el capital, se mantiene la

línea de producción de la pobreza, la exclusión y la marginación.


Al proteger la tasa de rentabilidad, pagar puntillosamente la deuda externa y favorecer

las inversiones multinacionales, el progresismo se hunde en la ciénaga del

conservadurismo. Hace soñar con una sociedad justa y libre, todas y todos iguales,

pero no se atreve a impedir que unos pocos devoren al resto de la población. El

discurso liberal encubierto que hace el progresismo se limita, en última instancia,

a indicar a los lobos cómo y dónde comerse mejor las ovejitas. Imposible eliminar la

pobreza y la desigualdad sin transformar el modo de producir. Hete acá el freno al

impulso de los progresistas.

Gracias a la moderación y el pragmatismo que le exigían sus aliados, Lula accedió al

gobierno, pero no pudo escapar del laberinto en que se había metido. Abandonó el

reclamo de expropiar latifundios y transferir al Estado la propiedad de las tierras, para

ocupar una silla en la mesa del agronegocio. De la crítica al pago de los servicios de la

deuda externa, pasó a privilegiar los intereses de los acreedores internacionales por

encima de cualquier consideración social. Colocó un techo político al asistencialismo

social: no podía lesionar los intereses de los inversores extranjeros, ni de los dueños

criollos de las tierras, las industrias y el capital bancario. El gobierno de Lula fue, de

cierta manera y en cierto grado, continuación del modelo desarrollista de Fernando

Henrique Cardoso. Lula terminó siendo un operador del proceso de concentración del

capital a nivel mundial.

Teniendo la posibilidad de intentar la superación del capitalismo, Lula marchó en

dirección opuesta, la de financiar las empresas y los bancos privados desde el Estado,

para poner en marcha los “motores del desarrollo económico”, es decir, la reproducción

ampliada del capital. Por otra parte, sus medidas de asistencialismo social ampliaron,

de hecho, la base del consumo de bienes, otra forma de asegurar la rentabilidad de los

capitales. Las reformas de Lula se inscribían en el marco de la economía política

capitalista, abandonó la perspectiva teórica de la transformación revolucionaria de la

sociedad, su pecado juvenil.

Los burgueses parisinos del siglo XVIII no inventaron la república democrática para

acabar con el capitalismo que, de hecho, todavía no había superado sus estadios más

primitivos. Faltaba mucho genocidio, mucha esclavitud y mucha rapiña para que

capitalismo pasara de la reproducción simple a la reproducción ampliada. En realidad,

la posibilidad de elegir representantes parlamentarios fue un privilegio censitario,

reservado a los burgueses, y no a todos ellos. Un derecho prohibido a los “sin

propiedad”, la forma política de impedir que las masas irredentas pasaran por arriba la

revolución burguesa, como ya habían hecho con el poder feudal.

En definitiva, en la eterna batalla de ideas entre la conservación de sistema y los que

se proponen transformarlo, los progresismos desarrollan una versión encubierta del

pensamiento liberal. Más sensible con las víctimas, es cierto, pero, en definitiva, tan

neoliberal como la de los “chicago boys”. Parecen haber venido al mundo para ayudar

a soportar penurias, una rueda de auxilio de las religiones.

La finalidad “sesentista” de las izquierdas revolucionarias, la lucha por una sociedad sin

clases y sin Estado, la sustituyeron con la fantasía de humanizar las consecuencias

sociales de la opresión y la explotación. Una imitación indoamericana de la

socialdemocracia y el eurocomunismo: trepados a una especie de mirador, critican las

aristas más feas y violentas de la opresión, pero las mantienen vivas. Una especie de

“bonapartismo de izquierda”.


Primera mujer presidenta

Inmersa y condicionada por esa atmósfera de regresión, Dilma, la exguerrillera, arrojó

al basurero los manuales estalinistas que, con menos de 18 años, había memorizado

en “Política Obrera”. No dejó vacío el espacio dedicado a los dogmas, sino que, por el

contrario, los rellenó con preceptos liberales, aprendió a pensar y sentir con las reglas

que le permitieron navegar en la república parlamentaria. La aureola del regreso al redil

favoreció su ascenso a la presidencia de Brasil. Dilma es un ejemplo paradigmático del

transformismo ideológico y político.

Fue en esos años que se descubrieron gigantescas reservas de petróleo en las costas

del puerto de Santos. En consecuencia, Brasil ascendió a los primeros lugares entre las

potencias petroleras, fenómeno que despertó euforia nacionalista. Lula usufructuó el

afortunado descubrimiento que también jugó a favor de su jefa de gabinete. En octubre

del 2010, Rousseff fue la primera mujer electa presidenta de Brasil.

Al poco tiempo convocó una Comisión para la Verdad, hecho que provocó expectativas

en el movimiento de derechos humanos. En diciembre de 2014 se la vio llorar al recibir

el informe sobre los crímenes cometidos por los militares. Nada hizo, sin embargo, para

anular la ley que en 1979 amnistió a los culpables. Arrogándose, de hecho, la

representación de todas las víctimas consolidó la impunidad de los victimarios. El

manto de olvido continuó cubriendo las verdades ocultas. El Partido dos Trabalhadores,

Lula y Dilma atravesaron un puente que les exigieron atravesar.

Rousseff se había comprometido con una seguidilla de espectáculos estelares: la copa

de las confederaciones (2013), el mundial del 2014 y las olimpíadas en 2016. Quería

aprovechar la pasión deportiva, para juntar los votos necesarios para ser reelecta. El

gasto público requerido para reacondicionar estadios y construir la ciudad deportiva

anduvo por los 11.000 millones de dólares. La cifra competía forzosamente con el

gasto social del Estado. Se volvió intolerable. Además, la gente sospechaba, con

fundamento, que altos funcionarios eran cómplices en negociados con los empresarios

que construían la infraestructura.

El 7 de setiembre del 2011, al grito de “paren de robar”, salieron a la calle algunos

miles de “indignados”. Fue el arranque de otro ciclo de intensa movilización popular

contra el gobierno, pero, no necesariamente contra Dilma, embarcada en la llamada

“operación limpieza” de los altos cargos. De todas maneras, no pudo evitar la

indignación genérica, que la acompañó hasta que fue destituida. Su talón de Aquiles

fue el fútbol, rasgo identitario del Brasil.

El 16 de junio del 2013, en el partido inaugural de la copa de las confederaciones, otros

miles manifestaron en las puertas del Maracaná, que había sido remozado al costo de

500 millones de dólares. La policía progresista los disolvió con balas de goma y gases

lacrimógenos. Hubo protestas en todo Brasil. Desencantados, los brasileros gritaban

contra el aumento del transporte público, de las tarifas y del costo de vida en general,

contra la represión progresista.

Para peor, sin nada de inocencia, el juez Moro les tiró encima la Operación Lava Jato.

Quedaron sospechados de corrupción Lula y otras figuras de relieve. Según varias

encuestadoras, luego del operativo, las simpatías hacia Dilma cayeron hasta un mísero

7%. Por izquierda y por derecha, los indignados no cejaron en su movilización en el


2014. Desencanto y protestas, sin embargo, no impidieron que, a finales de año, Dilma

fuera reelecta en el ballotage derrotando, aunque por muy escaso margen, a su rival

Aecio Neves, un liberal puro y duro. El electorado brasilero quedó dividido

prácticamente en dos mitades, a favor y en contra del Partido dos Trabalhadores. Era

el fracaso de la estrategia electoral para los cambios. La desilusión cundió en la

militancia “petista”.

Dos días antes que la derecha tronara en la Paulista, la CUT y otras organizaciones

sociales convocaron una concentración masiva en respaldo de Dilma. La indiferencia

fue el síntoma más grave de las varias enfermedades que aquejaban al progresismo.

Parecía agotado su poder de convocatoria. Las calles quedaron libres para la derecha.

Las alianzas posibilitaron tres victorias electorales, pero a la larga fortalecieron a las

élites en la misma medida que debilitaron el movimiento popular. El fenómeno no fue

tenido en cuenta por los progresistas, que continuaron a paso cansino, camino al

precipicio. La mesa estaba servida y los comensales con mucho apetito.

Desacumulación

Dilma designó ministro de economía a Joaquim Levy, presidente hasta entonces de

BRADESCO, uno de los bancos más poderosos de Brasil. Toda una definición política

e ideológica. A poco comenzado su mandato, con un decreto presidencial, Dilma

recortó el presupuesto en 26.000 millones de dólares. Su mayor preocupación parecían

ser las cifras negativas del déficit fiscal y la opinión de las calificadoras de riesgo. La

macroeconomía, una abstracción, en última instancia, le importaba más que la

microeconomía, muy concreta, la del bolsillo popular.

El recorte fiscal fue un tiro en el pie. Los movimientos sociales dejaron de sentir suyo el

gobierno, que quedó prisionero de la negociación con los delincuentes que eran sus

aliados electorales. Prosternarse no había sido suficiente. No le perdonaban sus

pecados juveniles. La gesta guerrillera se negaba a soltarla, sobrevolaba en cada

actitud, gesto o discurso suyo. Por otra parte, a los poderes les interesaba mantener

vivo su pasado de enemiga de la república. Era el flanco más débil, el que golpearon

sin piedad. La sometieron a insultos y presiones: en su discurso a favor de la

destitución, Jair Bolsonaro se deleitó elogiando los verdugos y felicitó al coronel

Brilhante Ustra, el torturador de Dilma.

Vicepresidente de la república y aliado mayor del Partido dos Trabalhadores, Michel

Temer lo hirió con puñalada trapera. Apenas pasado un año de la marcha por la

Paulista, Temer encabezó la coalición de senadores, un 60% del total, que destituyeron

a Dilma. Se apuró a ocupar el vacío presidencial. Al quitar de en medio los

amortiguadores progresistas, poder y gobierno quedaron en manos de sus únicos

dueños que, al toque, se arrojaron a saco sobre la masa salarial. Fue un golpe de

Estado contra el pueblo trabajador.

Un golpe dado en el parlamento, por acuerdo entre la derecha liberal y los devotos del

terrorismo de estado. Las fuerzas armadas no tuvieron necesidad de intervenir, ni de

disolver las cámaras y florearse sable en mano. Bastó con distorsionar los mecanismos

constitucionales y legales de la república democrática, esos que enmascaran la

violencia cotidiana de la opresión. Aplicaron técnicas siglo XXI para el golpe de Estado,

las que sustituyeron las de Curzio Malaparte y la Escuela de las Américas.


Para difundir viejas triquiñuelas semánticas contaron con el auxilio del juez Moro y de

“O Globo”, que hicieron ver un acto de justicia en el golpe. Otra era la realidad: no

necesitaban más la amortiguación de Lula y Dilma y los despidieron sin indemnización.

La opinión pública se corrió a la derecha, acompañando los medios de comunicación y

a los parlamentarios y, finalmente, una clara mayoría electoral eligió presidente a Jair

Bolsonaro el 28 de octubre del 2018. Durante sus siete periodos como diputado, había

exhibido públicamente sus ideas. Nadie podía ignorar que reivindicaba la dictadura

militar, que insistía en considerar instrumentos legítimos la tortura y las desapariciones

forzosas. Los casi 58 millones que lo votaron conocían su perfil.

Fueron 15 años de gobierno del Partido de los Trabalhadores. Un plazo harto

prolongado para que las mayorías comprendieran los beneficios de las políticas del

progresismo, para que rechazaran visceralmente el militarismo. Ello no ocurrió. Lula no

logró que sintieran el mismo “no va más” que puso fin a la dictadura. En cambio, al

parecer, la moderación y el pragmatismo nublaron el horizonte y ablandaron la estaca,

debilitaron los ánimos. La adopción de ideas liberales creó mucha confusión y ayudó el

ausentismo en las calles. Se desacumuló lo acumulado en la lucha contra la dictadura,

la regresión ideológica facilitó el retorno de los brujos.

Acumulación

La victoria electoral de Bolsonaro inició un proceso de acumulación de fuerzas en torno

a las ideas, valores y concepciones del partido militar. El militarismo lanzado a la

conquista de la hegemonía. Su propósito declarado es suprimir el “marxismo cultural”

que, según ellos, domina las organizaciones populares, la educación y otros aspectos

de la vida social. No se salva ni la izquierda vestida de seda.

Su ideal es el Estado-Cuartel, la sociedad sometida al ordeno y mando, a una rigurosa

disciplina militar. Quieren hacer del Brasil un país “ordenadito”, socialmente estático,

sin lucha social, sin feminismos y, mucho menos, con LGTB movilizado. Para adocenar

revoltosos, Bolsonaro promueve la pena de muerte y el derecho de los terratenientes a

usar las armas contra los sin tierra.

Cuatro décadas pasaron desde que los pueblos se cansaron de obedecer órdenes sin

sentido y empujaron la retirada de las dictaduras. Tiempo suficiente para que el partido

militar revisara y corrigiera su modo brutal de hacer política. Aprendió a moverse con

modales políticamente correctos. Ahora se limitan a exhibir sus armas sin dispararlas o,

por lo menos, sin usar el poder fuego como en los ‘60. Atemorizan con la memoria de la

barbarie y la impunidad actual.

¿Bolsonaro dice y hace cosas de energúmeno? Por supuesto, pero ¿cómo se

caracterizaba a Mussolini o a Hitler? Los disparates de Bolsonaro, repetidos hasta el

cansancio, van anestesiando sensibilidades, acostumbran los oídos a los diez

mandamientos del militarismo, arrean la opinión hacia el horizonte reaccionario. Es la

estrategia de Goering.

No solamente acumulan en el plano de las ideas, lo hacen en músculo contante y

sonante. Veintidós militares integran el gabinete ministerial de Bolsonaro. Además, en

el 2020, 6.157 oficiales desempeñaban funciones en la gestión de gobierno, muchísimo

más que los 2.765 del 2018, el año de Temer. Más aún que los que ocuparon cargos


estatales en la dictadura. Son cifras que cuantifican su dominio del militarismo sobre el

aparato del Estado.

En los últimos días, tanquetas y carros de combate desfilaron por Brasilia y entregaron

a Bolsonaro una invitación a sus maniobras militares. El presidente los esperaba junto

a los tres comandantes en jefe de las fuerzas armadas. Simbolismo puro. En

Indoamérica, pero, especialmente en Brasil, el partido civil del “orden” está abrazado y

confundido con el partido militar.

En Brasil las milicias son parapoliciales. No obedecen la cadena de mando. Las

integran soldados, policías y bomberos, retirados y en servicio. Actúan con autonomía,

se auto financian con negocios inmobiliarios, venta de seguridad y hasta de energía

eléctrica. Controlan alrededor de 100 favelas. Constituyen una especie de extensión

irregular del Estado. Han sido reiteradamente denunciadas y probadas sus

vinculaciones políticas y financieras con el clan Bolsonaro. Es su fuerza de choque, la

que está bajo sospecha en el asesinato de Mireille Franco.

Los motoqueros son otro círculo concéntrico del apoyo organizado al golpismo.

Bolsonaro encabezó varias de sus demostraciones. No usan camisas pardas ni negras,

pero se parecen demasiado a aquellos que metían miedo en la Alemania de Hitler o en

la España de Franco. Son la fuerza de choque del militarismo.

Bertolt Brecht

En la misma medida que atemoriza, el disparatero bolsonarista cosecha repudios:

hasta “O Globo” y el juez Moro tomaron distancia. Las multitudes que desfilan por la

Paulista ahora son pueblo en movimiento y exigen que se vaya Bolsonaro. Más por

rechazo al energúmeno que por virtudes propias, Lula da Silva puede ser el próximo

presidente. Llegará embanderado con las mismas reformas de antes, meros parches a

la situación de los menesterosos, nada de transformaciones de fondo. El desenlace de

esta segunda oportunidad ¿será el mismo que en la primera? ¿otra vez el freno

ideológico y la alternancia electoral?

El Partido dos Trabalhadores deberá enfrentar las fuerzas acumuladas por el

militarismo organizado. Situación parecida vive Pedro Castillo en Perú. El grado de

“contundencia” del partido militar brasilero no lo registran las encuestas de opinión

pública. Tampoco está registrada la anuencia ideológica del Departamento de Estado,

cuya mira apunta a Iberoamérica para competir con China. Son fuerzas suficientes para

provocar y obligar resistencias populares, como las de Chile y Colombia.

La antesala de los golpes de Estado en Indoamérica fueron los atentados de grupos

fascistas organizados. Ahora, el bolsonarismo, el fujimorismo y el uribismo cuentan con

una capacidad de acción mucho mayor que la de aquellos grupos de los ‘50. Las

circunstancias parecen ser más graves que las del siglo pasado.

Por supuesto, las similitudes del proceso en Brasil con otros de Iberoamérica son pura

casualidad. Con Uruguay, en particular, donde reina una “democracia de altísima

calidad”, según afirman los poetas de la politología. Sin embargo, como ya sucedió con

harta frecuencia, cuando Brasil traza una senda, se oscurece la bola de cristal de las

ciencias políticas institucionalizadas y el futuro se decide en los casinos de oficiales. Un

análisis fino de la coyuntura uruguaya necesariamente debe considerar la sombra

amenazante de la fuerza paraestatal organizada en Brasil.


El retorno de los brujos trasciende fronteras, contagia reaccionarios en toda

Indoamérica, particularmente en los centros militares. La impunidad y los pactos de

silencio entre civiles y militares dan solidez al discurso tóxico, patriotero y antipopular

que antecede a la guerra que vendrá. Hacen mal los progresismos en olvidar el poema

de Bertolt Brecht, el que desoyeron sus contemporáneos…y así les fue.

Todo parece indicar que amanece un nuevo 1968, con el arriba apretando tuercas y el

abajo sin muchas alternativas, empujado a ocupar plazas y avenidas, el territorio de su

libertad. El 22 de marzo de 1963, un lustro antes del ’68, Raúl Sendic Antonaccio

pronosticaba en el semanario “El Sol”: “Hoy día podría dar más garantías individuales

un revólver bien cargado que toda las Constitución de la República y las leyes que

consagran derechos justos. Esto debemos entenderlo antes que sea tarde.”

Jorge Zabalza